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sábado, 14 de noviembre de 2015

Historia del primer despojo



En 1949 Lanús recibe el primer gran revés de su vida deportiva: de manera injusta y arbitraria es condenado a la B en una particular definición ante Huracán, la primera final por un descenso de la historia. Ambos equipos habían igualado la última posición con 26 puntos, uno menos que Tigre y Boca. Se decidió jugar dos partidos en cancha neutral -el primero en San Lorenzo el 18 de diciembre, con ajustado triunfo de Huracán por 1 a 0, y el segundo en Independiente, amplia victoria granate por 4 a 1, encuentro disputado increíblemente la tarde del ¡24 de diciembre! a estadio repleto- sin que valga la diferencia de gol. La AFA decide la disputa de un tercer encuentro, que se jugó en San Lorenzo el 8 de enero de 1950, una vez más con estadio repleto de espectadores, varios de ellos simpatizantes de otros equipos convocados por tan dramática e interminable definición por la permanencia en primera. Nadie imaginaba que el equipo del poderoso militar amigo -distanciado- de Perón pudiera perder con el humilde cuadro del suburbio de Lanús. Tomás Adolfo Ducó, por entonces presidente de Huracán por quinta vez, desde las sombras del poder manejaba también la AFA con mano dura. Tan dura que no necesitaba pedir un favor. Pero no tuvo en cuenta que los árbitros ingleses tenían aún muy arraigado el sentido de justicia, y pese a que sufrían incontables problemas con el idioma, ignoraban todavía los grandes intereses que había detrás de tal o cual divisa. Habían llegado por vez primera al país a fines del 43, convocados ante los sospechosos arbitrajes de los jueces argentinos, luego de que Osvaldo Bossio fuera providencialmente salvado por tres soldados en Rosario, cuando un nutrido grupo de hinchas de Newell’s estaba a punto de colgarlo de un árbol del Parque Independencia con un cinturón alrededor de su cuello, luego de un accidentado arbitraje frente a San Lorenzo.

La AFA había decidido que la cuestión no podía extenderse más y por eso en caso de empate al cabo del tercer partido se jugaría un alargue de 30 minutos. Fue el 8 de enero de 1950 en el Gasómetro de Avenida La Plata, un emotivo y cambiante cotejo con empate parcial en tres goles, cuando a dos minutos del final los jugadores de Huracán abandonaron el terreno por orden de Ducó, desconformes con la anulación de un tanto a su favor. Imaginemos la escena: En diciembre se jugaron dos partidos, en enero se disputa un tercero, el resto de los equipos no tiene competencia, y todos los ojos del fútbol argentino apuntan sobre la controvertida final. Los jugadores del Globo, encabezados por el poderoso dirigente de su club, no entienden ni aceptan el fallo del inglés Bert Cross. La decisión arbitral había sido tomada a expensas de uno de sus jueces de línea, Parker, quien alzaba insistentemente su banderín desde antes de la conversión para informar una posición adelantada de un delantero de Huracán en el inicio de la maniobra. De esta manera, el juez principal le anula al Globo el gol que inicialmente había convalidado. Ofuscados, despreciando además el empate parcial y el tiempo complementario, los futbolistas del Globo se retiran del terreno ante 60.000 personas, cometiendo de esa manera una infracción que desde el inicio del fútbol y hasta hoy se pena indudablemente con la pérdida inmediata del partido.

La cuestión prosigue de manera insólita. Pese a la ausencia de rival, los jugadores granates reciben con asombro la orden del árbitro de poner la pelota en movimiento desde el lugar donde se había cometido la infracción señalada. La empiezan a llevar hacia el arco contrario sin oposición –aunque también con poca convicción- porque la escena es francamente absurda. Se muestran desorientados ante la insólita circunstancia, pero igual avanzan sobre la desguarnecida valla rival. Sin embargo, en el momento que Daponte ejecuta el remate final,  el árbitro Cross, vaya uno a saber que le pasó por la cabeza a este hombre en ese instante crucial, qué repentino temor o arrepentimiento lo animó a tomar tal decisión, inesperadamente hizo sonar el silbato y suspendió el partido antes de que la pelota transponga la línea de gol del arco de Huracán, para después encerrarse en su camarín y tratar de repensar la situación. Hay quien dice que en el camino vio un arma, otros que directamente fue amenazado de muerte, y otros sugieren que ante la inconcebible circunstancia y el idioma casi desconocido, el extranjero fue superado por la situación y se confundió. No es difícil imaginar lo que pasó puertas adentro del vestuario cuando redactó el informe ante la presencia del propio Ducó.

Los espectadores permanecieron en el lugar durante casi una hora más, esperando que se juegue un alargue que, luego de la suspensión, anunciaron los altoparlantes del estadio y que finalmente no se disputó. Insólito. A partir de ese inesperado informe del juez se van a aferrar Valentín Suárez –hombre de confianza de Ducó, histórico dirigente de Banfield y entonces flamante presidente de la AFA- y sus secuaces de los clubes grandes, los que votaron en contra del reclamo de Lanús, que exigía se le adjudique la victoria y la permanencia en la categoría, como claramente indica el reglamento. Nada de eso ocurrió. De forma descarada beneficiaron al equipo que desconoció un fallo arbitral, que no quiso seguir jugando y que abandonó el terreno, en lugar de castigarlo con la derrota y el descenso que merecía, luego de varias semanas de dilaciones ordenaron un nuevo partido.

La historia vuelve a repetirse 38 días después, el 16 de febrero de 1950, en un estadio de River Plate también colmado por 50.000 aficionados convocados por un choque tan controversial como nunca había habido otro en la historia del fútbol argentino, que resultará atrayente, cambiante y con seis goles. Pronto, en el terreno de juego sucedería lo que muchos temían. El árbitro designado, John Muller, había decidido ser más razonable y obediente que su compatriota Bert Cross: Lanús fue perjudicado de forma descarada de principio a fin del partido. No obstante, el Grana se adelanta en el marcador por intermedio del Gordo Lacasia a los 19 minutos de juego. Trejo lo iguala a los ’34, y tres minutos después Pairoux de tiro penal pone de nuevo en ganancia a Lanús, que se va al descanso con un parcial de 2 a 1 arriba. No es difícil imaginar el drama de Muller. Sabe que debe evitarlo, está en tierra extraña, en un tiempo político de cambios profundos y cargado de violencia. Teme por su vida, y se convierte en protagonista destacado con sus fallos, todos favorables al equipo de Ducó. Con su ayuda, Trejo marca el empate transitorio a los ‘4 del complemento. Con el empate parcial, Lanús se vuelca con todo a la ofensiva, y Muller le niega la sanción de un claro penal a favor, por fuerte falta dentro del área del defensor del Globo Uzal a Osvaldo Gil. El clima se enrarece y Muller trata de volcar la cancha contra el arco granate sin conseguirlo, hasta que a los 34 minutos, en una contra, el volante derecho de Huracán, el petiso Omar Muracco, desnivela y pone el 3 a 2 para su equipo. Lleno de rabia e impotencia, Lanús se va con todo al ataque buscando el más que merecido empate, y enseguida el árbitro le vuelve a negar la sanción de otra clara falta del mismo Uzal dentro del área, un indiscutible penal, en este caso en perjuicio de Lacasia, lo que provocó una violenta reacción de los futbolistas granates. El árbitro ingles sabe que de ninguna manera puede ganar Lanús, pese a que a lo largo de la interminable definición había demostrado con nitidez ser superior a su rival. Por eso no podía cobrar un penal para Lanús, y por eso mismo, si podía, trataría de sancionar uno para el Globo. Fue en la siguiente jugada, en una infracción dudosa cometida por Roberto González un metro afuera del área de riesgo, cuando Muller le da el tiro de gracia a Lanús sancionando un inexistente penal en favor de Huracán. La escena no es menos surrealista que las anteriores: ante semejante marco, con resultado adverso por 3 a 2 a favor del Globo y dos minutos por jugar, los jugadores granates rodean al juez, y pronto comprenden que están perdidos. Sin dirigentes a la vista a quien consultar, se juegan la última y desperada carta. Con su capitán Salvador Calvente al mando de la situación, los futbolistas granates en cuestión de segundos toman la valiente decisión que quedará en la historia del fútbol argentino: Ante 50.000 sorprendidos espectadores, se sientan en el césped frente al punto penal e impiden la ejecución de la sanción hasta que el juez da por suspendido el encuentro. Con ese recurso los futbolistas granates evitan una segura derrota  en el terreno de juego y llevan nuevamente la definición a los escritorios de la AFA, poniendo en evidencia el despreciable accionar de la entidad rectora. Increíble pero real.

Como era de esperar, el desenlace estaba escrito de antemano. Para los equipos grandes era indispensable que los seis elencos cuyo voto valía por tres mantuvieran la categoría -Huracán era el sexto- y así conservar los 18 votos que le otorgaban mayoría, sobre 17 que sumaban el resto de los equipos de menor convocatoria. Pese a que el mundo del fútbol se indignó ante la infamia, apenas un par de días después, y sin más dilaciones, la AFA le dio por perdido el partido a Lanús, que durante 1950 debió militar por vez primera en la divisional B, y que al cabo de ese año ganará el título con comodidad, recuperando la categoría de manera inmediata y dando comienzo al espectacular ciclo de Los Globetrotters, otra extraordinaria página de la historia Granate.

Marcelo Calvente


miércoles, 11 de noviembre de 2015

LA REUNIFICACIÓN DE LA UNIDAD

Este nota fue escrita el 2 de julio de 2012, y demuestra que es la segunda vez que Nicolas Russo cede por el bien de la unidad


Hay que situarse en la Argentina de 1973, en la vuelta de Perón, en la masacre de Ezeiza y el resto de un derrotero político corto y caótico que dejó un tendal de muertos y que vendría a concluir con el golpe de estado y la diabólica matanza que lo sucedió. El mismo tiempo, y en forma casi simultanea, padeció Lanús hasta encontrarse también a las puertas del infierno. Pero mientras a su alrededor el odio y el crimen todavía gobernaban, con un inolvidable acto de amor, desprendimiento y valentía, un grupo de socios arriesgó su patrimonio para salvar al Club que irremediablemente se moría. Corría 1981, el último de los tres años en la “C”, vividos por los granates como una tragedia que el tiempo y la distancia transformaron en más brillo para su leyenda, porque habiendo jugado con Piraña, Riestra y Gral. Lamadrid, apenas trece años después Lanús levantó la Copa Conmebol y fue subcampeón de Primera.  Ese milagro pudo ser posible por tipos como Néstor Díaz Pérez, José Villamil, Roberto Rotilli, Horacio Magnaghi, Daniel Setta y varios granates más que no conozco, encabezados por Carlos González, fueron la garantía de la patriada que terminaría siendo la piedra fundamental de la reconstrucción de este club, que gracias a otros notables dirigentes, siempre basados en la unidad y el desinterés personal como mandamiento, se ha convertido en el ejemplo a seguir en el Fútbol Argentino.
Lorenzo D'angelo fue electo diputado por el justicialismo -después de muchos años sin vigencia de las urnas- el 11 de marzo de 1973, y un año después asumía como presidente de Lanús. Su gestión será inolvidable por la obtención de más de 100.000 m2 que pertenecían al ferrocarril, un aporte que el tiempo cotizará al precio de la tierra, pero que por entonces para poner en valor el enorme baldío y desarrollar el crecimiento institucional a partir de la construcción de nuevas instalaciones, exigía de una inversión dinero que Lanús no tenía. Con la mejor intención, D'angelo trajo a Francisco Leiras, un directivo de Sasetru con altas pretensiones políticas a nivel provincial, dispuesto a poner ese dinero y obtener el prestigio que le permitiría alcanzar sus objetivos personales. No era socio, ni siquiera era hincha de Lanús, pero ese no fue obstáculo para incorporarlo de manera súbita a la cumbre política de nuestro club. Sería injusto omitir que en ese sentido y mientras pudo, Leiras cumplió, y con el aportedel dinero prometido Lanús regresó a primera en 1976, después de cuatro años en la “B”.
Pero en el interín el país estalló, el pueblo dejó de mandar y todo quedó en manos de los milicos que iban a perpetrar el peor golpe al bolsillo de los trabajadores, así tuvieran que masacrar decenas de miles de personas para llevarlo a cabo. En marzo de ese año, la junta militar  dejó a D'angelo sin fueros, sin libertad y sin club, y lo borraron de la vida pública. Así fue que Leiras, su vicepresidente, como un año antes Isabelita y López Rega en la Nación, se encontró con la suma de un poder que no sabría manejar, y que tendría graves consecuencias. Leiras siguió poniendo plata que el mismo malgastaba por falta de capacidad y conocimiento hasta que SASETRU se fundió. El club se empezaba a sumir en la oscuridad, y las torres de luz sin luz del estadio, por años simbólicos testigos mudos y ciegos, no podían alumbrar para  ver venir lo que vendría.  
La luz llegaría a Lanús en 1981. A la patria un año después. Desde allí, los destinos de ambos se distanciarían drásticamente. El club recorrería un sendero fabuloso de crecimiento deportivo, prosperidad económica y orden institucional, siempre con la unidad como bandera, no exento de desavenencias y conflictos internos, que siempre se fueron superando porque primero estaba el club Lanús. El mismo Néstor Díaz Pérez mantuvo interminables diferencias con el Dr. González y sus socios del estudio jurídico -todos ellos ocuparían cargos relevantes en la era de la reconstrucción- y siguieron trabajando juntos pese a esas inacortables distancias de criterio. A la patria no le fue tan bien, la política no estuvo a la altura de las circunstancias. Lo que en Lanús era lema de honor, la honestidad, en la política fue moneda infrecuente. Después de tantos años de engaño y desencanto, la clase política convirtió en harapos el prestigio de antaño, mientras las últimas gestiones llevaron a Lanús a la elite de los cuatro mejores equipos del último lustro, una de las entidades más sólidas y pujantes del país, si no la más, y a sus más prestigiosos y premiados dirigentes, Alejandro Maron y Nicolás Russo, a ser codiciados candidatos para aquellos que ejercen el poder político, quienes por desprestigio personal y partidario necesitan vicarios de honor probado y caras nuevas. Tanto creció Lanús en estos treinta años que se ha dado vuelta la ecuación de Lorenzo D'angelo y Francisco Leiras. 
En la práctica, lamentablemente en 2010 la bandera unitaria dejó de flamear, apenas  a días de la asunción de Nicolás Russo. Una decisión sobre cuestiones de gestión desató la ira de Alejandro Maron contra el  presidente, apenas unos días después de haber festejado juntos la victoria electoral. Pero como la victoria fue de la unidad, el encono irreversible de Alejandro lo ha convertido en un opositor solitario, puesto que sus seguidores forman parte de la actual conducción. Algunos muy destacados, como Norberto Solito, Daniel Fux y Roberto Vidal, miembros de la mesa chica, vienen trabajando codo a codo con Nicola y no comparten la idea de la ruptura. El propio Emilio Chebel, socio de Maron, está haciendo todo lo posible por evitarlo  Quienes insisten y lo tientan a romper, una patrulla perdida de operadores de Internet de escaso vuelo intelectual, han creado en la red y los medios partidarios un micro clima anti Russo que no existe en el club sino de manera súper minoritaria. La muy concurrida convocatoria de Nicola para sostener la unidad, presentar a Beto Monje como candidato y pedir por última vez la reunión que defina el futuro de ambas corrientes políticas y del club, fue una muestra de esto. Pero quienes caigan en la poco confiable certeza de ser mayoría deben comprender que en la hipotética contienda no habrá ganador. Nada volverá a ser igual si medio club gobierna y la otra mitad ejerce la profusa, despiadada e insultante oposición que de manera anónima se puede implementar casi en soledad en la era digital.
Para seguir creciendo hace falta el aporte de todos, y la mejor manera de conseguirlo es que por ahora, ambos dirigentes se abstengan de ocupar cargos. Nicola ya lo hizo público; inhabilitado para cargos de conducción, desiste también de cargo menor alguno atento a la coyuntura. Alejandro está habilitado, pero más allá de las razones de cada parte, fue quien renunció a toda posibilidad de acercamiento. Durante todos estos años sostuve que jamás Alejandro Maron, una persona a la que aprecio y respeto, uno de los mejores dirigentes de la historia del club, sería el responsable de apartar a Lanús del camino correcto. Por eso, hoy que los tiempos se acortan dramaticamente, me permito recomendar que él y su agrupación deben comprender que no puede ser candidato por la Unidad un dirigente que, más allá de sus grandes valores y cualidades que nadie puede discutir, durante los tres años de mandato de su sucesor, en la práctica, no formó parte de la misma. Y es por eso mismo que sostengo que para ser el presidente del club por la Lista Unidad,  primero debería volver a ser parte de ella.

por Marcelo Calvente

jueves, 5 de noviembre de 2015

El fin de la fiesta



Parece que el tiempo de la unidad política en el club Lanús llegó a su fin, que en diciembre va a haber elecciones y se enfrentarán en las urnas la Lista Unidad por un lado, la de siempre, compuesta por todas las agrupaciones, y por el otro la Agrupación Unidad, o una parte de ella que se aleja de la lista unitaria que gobierna al club. Lo curioso es que quien conduce la revuelta es Alejandro Marón, el presidente saliente, que después de un gobierno inexplicable y repudiado por la gran mayoría de los socios, incluso los de su propio espacio, decide no dar un paso al costado, despreciar todas las ofertas razonables de acuerdo, e ir por su reelección para intentar rehacer lo que él mismo comenzó a destruir desde el primer día de su último y lamentable retorno. Ante la sorpresa de todos, lo intenta sin saber a ciencia cierta si alguien en verdad lo sigue, más allá de las fidelidades obligatorias de los que le deben, los más cercanos. De a poco, aunque anunciada y previsiblemente, Lanús se fue convirtiendo en un sainete que oscila peligrosamente entre la comedia y el drama, y los medios especializados empiezan a preguntarse qué es lo que ocurre en el club modelo.

Para no ir tan atrás en el tiempo, llevemos el almanaque a 2007, el año de la vuelta olímpica en la Bombonera, cuando la unidad política estaba en su apogeo y todo funcionaba a la perfección, mientras Alejandro era la figura pública y recibía los honores, en tanto Nicola manejaba el fútbol con dedicación absoluta. Pero al llegar diciembre de 2009 finalizó el segundo mandato consecutivo de Marón al frente de la entidad -el estatuto le impedía un tercero- Russo fue su sucesor natural, y el presidente no lo soportó. Enojado desde las primeras decisiones que tomó el flamante presidente, alistando su breve ejército de ponedores de palos en las ruedas dispersos en todo el club, con su cómplice Emilio Chebel metido en el medio y jugando al componedor, Alejandro Marón se dedicó a esperar su retorno lleno de rencor. El resto es sabido: el tercer ciclo de empezó de la mejor manera en lo deportivo, el equipo de  Guillermo Barros Schelotto obtuvo brillantemente la Copa Sudamericana 2013, pero el personalismo y las decisiones inconsultas fueron erosionando el funcionamiento  institucional, y pronto repercutió en lo futbolístico: el zapatazo maldito del Bolívar, las estrellas perdidas, el chumbo en la cintura del allegado, la vergonzosa discusión en conferencia de prensa con el periodista de Olé, las ventas millonarias, las contrataciones inexplicables y la caída libre durante los dos últimos años. Sin embargo, nada duele tanto como la imperdonable Fiesta del Centenario, esa que según dicen uno planificó y el otro aprobó, en la que se ignoró a De Mario, a Lodico, al Nene Guidi; también a Nicolás Russo, a Néstor Díaz Pérez, a Juan Carlos Seeger, a Lorenzo D’angelo, a Antonio Rotili, por citar a los mandatarios más importantes. Más que una fiesta, una verdadera declaración de guerra contra el club Lanús, su gente y su historia.

Con los sorprendidos socios viendo como Lanús abría sus puertas a actos partidarios de una fracción política, en los que el presidente y la tesorera aportaban su presencia estelar, la marcha institucional de los últimos tres años estuvo signada por la mala predisposición, los feos modales y el ninguneo permanente para con el resto de los directivos. La política de incorporaciones naufragó increíblemente, con el colmo reciente de traer a Straqualursi de Emiratos Árabes con el torneo empezado, un jugador que, según sus propios dichos, al arribar al país llevaba dos meses sin tocar una pelota. Uno confía y espera que el dislate político no haya llegado a la tesorería. Es sabido que el club es altamente deficitario, y también que se realizaron transferencias por sumas millonarias. Así y todo, las señales no son auspiciosas. Al menos nadie que quiera mantenerse transparente e intachable al frente de una asociación sin fines de lucro desconocería de tal forma la representatividad de sus pares y la legalidad de sus mandatos. Ojalá que no, aunque tantos años de sacrificio y solidaridad unitaria naufragaron de manera innecesaria y caprichosa solo porque a uno se le ocurrió y el otro le dio la razón, ojalá que al menos en lo que respecta al dinero del club haya primado la cordura.

Es hora de reconstruir las bases de la unidad futura sin viejos rencores ni rencillas personales, apartando de la toma de decisiones a aquellos que equivocaron el rumbo. La recuperación no será sencilla, pero hemos salido de otras peores. Seguramente vamos a recomponer el rumbo y la concordia antes de lo pensado, y el futuro presidente tiene la capacidad y la experiencia necesaria como para devolver al club a su marcha habitual de  economía sólida y rentable. Lo que los granates nunca vamos a recuperar es la fiesta que nos merecíamos y que nos quitaron, porque cien años no se cumple todos los días, ni tampoco se disponen de dos horas de TyC Sports en horario central para difundir al club, para contar su historia. Nos tomaron por tontos y nos quisieron distraer con barcos voladores, chistes de Ruggeri, el mando unipersonal del presidente y el foco en las dos últimas décadas de vida del club, como si la rica historia granate hubiera comenzado con la conquista de la Conmebol 96. Utilizaron esas dos horas para hablar de nada, para mirar para arriba, para escuchar música aburrida. Y en esas dos horas bajaron del escenario y de la pantalla a todos los que merecían estar, nada más que para poder marginar a dos socios notables de Lanús, Nicolás Russo y Néstor Díaz Pérez, hermano de Darío, quien tuvo una actuación relevante en la última incorporación de tierras para el club. Recuérdese que por entonces Nicola y Darío, cada uno por su lado, pugnaban por la intendencia que finalmente Julián Álvarez perdería con Néstor Grindetti.


Para llevar a cabo tan repudiable fin, la Comisión del Centenario, dirigida por el inefable Emilio Chebel, planificó la fiesta durante cuatro años. Durante los tres primeros se acercaron a colaborar y se fueron decepcionados un montón de socios bien intencionados. En el último año sólo fueron quedando los más fieles y los más estoicos. Se impuso sobre los preparativos un silenzio stampa, no había manera de enterarse de nada, y enarbolaron la piñata engañosa de la gran sorpresa. Es lógico, de haberse sabido algo, no pasaba…  Para conseguir tan ruinoso fin ignoraron a las enormes figuras deportivas del pasado, a los grandes equipos que dejaron su impronta, a los duros años del ascenso. También a los hinchas que lo siguieron toda la vida, a los socios que consiguieron tierras, a los que pusieron dinero, a los que ofrecieron sus casas en garantía. A todos los granates de ley que dejaron su huella desinteresada para que viva el club, verdaderos héroes cuyos nombres y gestas fueron deliberadamente ignorados por decisión de Chebel y Maron la noche que Lanús cumplió 100 años, sólo porque uno la organizó y al otro le pareció bárbaro. Imperdonable.

Marcelo Calvente

martes, 20 de octubre de 2015

Antes del fin



No vale mucho la pena hablar de la derrota de Lanús ante el peor Vélez de los últimos treinta años, con un gol logrado en el minuto final al cabo de un partido imposible de ver y que Lanús, con muy poco, mereció ganar. Es más de lo mismo. Es el juego de equipo lo que está ausente. Sin ideas, apenas con el corazón de Lautaro Acosta, que entró y contagió a algunos de sus compañeros, le alcanzaba para ser superior pero no para evitar que un pelotazo de Somoza a la espalda de Gómez agarre a Monteseirin e Ibáñez distraídos. A nadie le gusta perder, pero a decir verdad, el resultado nada cambia. Futbolísticamente hablando, el equipo de Guillermo hace más de un año que perdió la brújula y el espíritu combativo que supo tener al principio, cuando las cosas dejaron de salir bien, se fue diluyendo de la mano de las frustraciones que se sucedieron a cada intento, de Japón hasta hoy. Y sin embargo, pese a los tumbos de su marcha, aún tiene por delante el último de los objetivos de máxima, y el primer paso es el choque del próximo viernes en San Juan ante Boca. Una vez más, con el océano más revuelto que nunca, desde el carajo Gustavo grita: “estrella a la vista”.

El equipo Xeneize no pudo obtener ante Racing el triunfo que lo hubiera consagrado campeón del fútbol argentino, ni siquiera el punto que lo habría dejado a las puertas y que le hubiera permitido enfrentar a Lanús más relajado, sin la presión adicional de no haber podido asegurar algo que está tan a la mano. En los últimos tiempos, con Tévez atado con alambre, Boca siguió ganando pero dejó de exhibir la solvencia que lo llevó a la punta. Tiene potencia en ataque pero otorga muchas ventajas defensivas. Luego de la derrota en Avellaneda, cuando el próximo viernes se mida con Lanús por un lugar en la final de la Copa Argentina, lo hará con la cabeza puesta en el choque con Tigre en la Bombonera por la penúltima fecha del torneo largo, a celebrarse después de que los argentinos hayamos elegido nuevo presidente. Boca va a tratar de ganar la Copa Argentina sabiendo que lo que no puede perder es el torneo local, y que si no le gana a Tigre en la última fecha lo espera Central, nada menos que su perseguidor, y en Arroyito. ¿Podrá Lanús sacar provecho de esa circunstancia?

La Volpe, Arrubarrena y un mismo fantasma: Lanús
En el fútbol todo es posible. En medio del lento retroceso que empezó en Japón, el equipo de Guillermo ha tenido buenas actuaciones. La última, la noche en que venció a al encumbrado Independiente en La Plata con enorme autoridad y por dos goles de diferencia. Suele ocurrir las pocas veces que el entrenador, por cautela, pone un volante en lugar de un delantero. Mucho no sucede. Lo mostrado ante Vélez fue preocupante. Pelotazos de un área a la otra, pases largos y a dividir, mediocampo inexistente, defensa temerosa de marcar y en retroceso permanente. Hace casi dos años que viene jugando mal y el deterioro se viene acentuando. No se puede jugar así. Es cierto que a Guillermo le vendieron a los dos centrales de un saque. No había manera de evitarlo. Simplemente había que suplirlos, y no fue poco el dinero que se invirtió en Gustavo Gómez y Braghieri. El equipo no volvió a ser el mismo, las culpas son compartidas. La cantera aporto algo, pero la llegada de Straqualursi de Oriente y falto de fútbol, y el desmedido precio pagado por Monetti, no hablan nada bien de la política de incorporaciones consensuada entre el club y el entrenador.

Sin embargo, el partido más importante de un año para el olvido se juega de aquí a diciembre, y en él, el club Lanús definirá la continuidad de la unidad política que tanto nos supo legar, en los tiempos no tan lejanos en que la palabra unidad tenía sustento en  la realidad cotidiana de la vida institucional. Y la continuidad o no de del cuerpo técnico es una decisión que debe tomarse cuidadosamente, evaluando todos los aspectos a favor y en contra, y que en caso de considerarse ciclo cumplido obliga a renglón seguido iniciar la búsqueda de otro entrenador, tarea muy delicada. El presidente Alejandro Marón opina públicamente su deseo de renovarle el contrato a Barros Schelotto cuando lo verdaderamente urgente es juntarse a analizar detenidamente lo sucedido en los últimos tres años, de hacer autocrítica pensando sobre todo en el futuro, para que nunca más vuelva a ocurrir.  Y una vez zanjadas las diferencias y recompuesta la dirección,  recién entonces será posible elegir el futuro entrenador del club o prolongar un vínculo que a todas luces está terminado.  

Mientras tanto, fastidiosos por las derrotas inesperadas y las actuaciones fallidas, los granates volvemos a tener otra luz a la vista. Una vez más, el sueño de estampar la esquiva cuarta estrella en el pecho ansioso e hinchado de orgullo se vuelve realizable. El peso de nuestra camiseta se ha incrementado producto de jornadas inolvidables ante los dos grandes, victorias como el Bombonerazo que ya entró la historia del fútbol patrio o el 4 a 0 a River en el Monumental, con Mario Gómez en el banco, triunfos que dejaron su huella en los corazones rivales. A esta altura no pensamos en otra cosa que en ganarle a Boca, sea como sea, porque en el fútbol todo es posible. También que el batacazo tonifique el espíritu del equipo como para  superar después al otro finalista, sea Racing o Rosario Central, los dos mejores equipos del momento. Tener aspiraciones de gloria no es cosa de todos los días, por eso siempre vale la pena poder soñar. Ahora sólo importa la victoria, que en estas circunstancias, tendrá el tono de otra hazaña para el recuerdo.

Marcelo Calvente

sábado, 3 de octubre de 2015

El día de la Bestia



La verdad es que Guillermo me cae de la mejor manera. Me resulta simpático, inteligente, de no hablar de más. Como futbolista ha sido un ganador. Y tuvo la suerte acceder a la difícil profesión de entrenador de fútbol por la puerta grande, de forma directa y sin escalas previas al primer nivel, sostenido por su bien ganada fama y por la idolatría de los hinchas de los equipos en los que jugó. Su primer contrato como entrenador lo firmó con Lanús, el club ideal, el único que no sin tropiezos camina derecho por el manicomio de la calle Viamonte, y la prensa le brindó a su llegada una enorme cobertura.

El comienzo en junio de 2012 fue mas que alentador, y el segundo semestre de 2013 el punto mas alto de su equipo. Ganó la Copa Sudamericana y de manera simultánea estuvo a un paso de obtener el Torneo Inicial. Bajó un poco el rendimiento en el subsiguiente Torneo Final 2014 porque peleó la Copa Libertadores hasta el zapatazo fatídico de un tal William Ferreira, el mal recordado delantero uruguayo del Bolívar. En esa temporada 2013/2014 el de Guillermo fue uno de los mejores elencos del continente. Y lo fue hasta el endemoniado misil que el 8 de mayo de 2014 enmudeció a La Fortaleza, a partir del cual comenzó el lento pero inflexible retroceso. Enseguida se fueron Goltz e Izquierdoz, y el equipo nunca volvió a ser el mismo. Y así fueron llegando las derrotas dolorosas, como aquella de los dos goles en contra en el alargue en Brasil -debe ser record mundial- ocurrida inmediatamente después de una de las mas grandes hazañas de la historia deportiva de la institución, la victoria en tiempo de descuento sobre el Atlético Mineiro por 3 a 2 ante un Mineirao repleto, o la de Japón, un verdadero misterio haber perdido con un equipo así. Fueron las primeras de varias caídas francamente desalentadoras, aunque también hubo buenas victorias en medio. No obstante, los números favorables de Guillermo son más que elocuentes: gano el 46% de los partidos que su equipo disputó, empato el 29%,  y se retiró vencido apenas el 25% de las veces. El problema es que los objetivos eran más exigentes.

No me guío por trascendidos sobre una intimidad en el seno del plantel, es algo que desconozco. Le apunto siempre al juego del equipo. Al hecho de que los errores tácticos que comete son siempre los mismos, desacoples perfectamente identificables en los videos de cualquier partido, falencias inexplicables pero muy arraigadas que están por cumplir dos años de vida sin que nada cambie. No quiero aburrir con la cantinela de siempre del equipo largo, trato de aportar nuevos indicios: defensores que hacen control de pelota alineados en la puerta del área para terminar revoleándola a campo rival a dividir, delanteros que no bajan para acompañar el retroceso alocado de las otras dos líneas, volantes en inferioridad numérica, siempre distantes entre sí, que abandonan permanente sus marcas y corren desesperadamente hacia atrás para agruparse junto a sus compañeros en el área chica, laterales obligados a atravesar distancias imposibles, y siguen las firmas. No es Guillermo quien me tiene cansado, es el insólito juego del equipo que él dirige -que también es mi equipo, el tuyo y el de la hija del fletero- y que tiene plantel y cantera como para jugar mejor.

De la larga lista de objetivos ambiciosos que resignó Lanús desde aquel zapatazo escalofriante hasta la fecha, solo uno sigue en pie: la esquiva Copa Argentina. El Grana esta a dos partidos de conseguirla. El problema es que el primero de esos partidos es contra Boca, y en caso de superarlo, enfrentará en la final a Racing o Central, tres equipos que están un escalón arriba. En el futbol no hay imposibles, es sabido, pero los milagros se dan cada vez menos seguido. Lanús quedó eliminado de la Copa Sudamericana a manos de Defensor de Montevideo por penales, un equipo que en la argentina pelearía por no descender, y además quedó muy lejos de la Liguilla Pre-Libertadores. La Copa Argentina es la última carta que le queda por jugar, y la mano no viene nada sencilla. El premio consuelo es la clasificación entre los 12 equipos que jugarán la Liguilla Pre-Sudamericana 2016, del 7º al 19º del actual torneo, que seguramente conseguirá.

En los meses que nos separan de diciembre de 2015, los dirigentes de todas las agrupaciones deberán decidir la continuidad o no de una unidad política que está muy debilitada. Serán horas de balance de gestión y de autocrítica. De dar explicaciones y asumir las culpas correspondientes por las cosas que sucedieron en el tan esperado año del centenario. El objetivo de todos debe ser la recuperación de la unidad por encima de cualquier apetencia personal y para eso es imprescindible una profunda renovación dirigencial. En medio de tan relevante instancia, alguien deberá decidir sobre la renovación o no de un cuerpo técnico que pintaba para mucho más, hasta que el 8 de mayo de 2014 el diablo metió la cola, clavó el balón en el ángulo izquierdo de Agustín Marchesín y todo empezó a derrumbarse.

Marcelo Calvente

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Nada del otro mundo



Como broche de una jornada inédita en la larga historia del fútbol argentino, con la disputa de todos los clásicos en dos días, y en el habitual horario de las 21:30 del domingo, después del superclásico y de 678, el cierre estuvo a cargo de Lanús y Banfield, y el escenario fue una colmada Fortaleza, vestida para la ocasión con el traje de los grandes acontecimientos. La imagen de un nuevo gran clásico fue seguida por una tele-platea que midió casi 8 puntos de audiencia, más del doble que Estudiantes-Gimnasia y casi tanto como Central-Newell’s. Y saltan a los ojos las diferencias entre estos dos viejos equipos chicos que últimamente han despegado de sus pares y se han sumado a la corta lista de campeones en los albores del nuevo siglo.

Después de, por fin, conquistar el Apertura 2007, Lanús continuó alternando en los puestos de arriba y comenzó a participar en los torneos internacionales, de los que últimamente es asiduo animador, habiendo obtenido además la Copa Sudamericana 2013. A Banfield no le fue igual. El dirigente que lo había sacado campeón en 2009, tres años después y en medio de graves acusaciones, se fue por los fondos –además se dice que se los llevó con él- dejando al equipo endeudado y en el Nacional “B”. Tuvo más suerte que Lanús, que debió luchar para seguir existiendo durante cinco años sin descanso, jugando tres de ellos en la “C”, y ocho más para volver a primera, en 89/90, con nuevo descenso e inmediato y definitivo retorno en el 91/92. Banfield recibió la ayuda de todos los argentinos y se recuperó muy rápido, pero todavía se debate por consolidar la categoría, y ni hablar de volver a jugar Copas: desde 2010 que eso no ocurre. El impresionante recibimiento del local fue ignorado por la TV Pública. Lo esencial puede ser invisible a los ojos, pero no deja ser la verdad.

Lanús arrancó con un dominio total de las acciones, ganando las divididas y pidiendo y entregando la pelota con criterio. Durante más de treinta minutos Banfield sólo pensó en  defenderse, y lo hizo con exceso de pierna fuerte. Con juego asociado y profundo, el Granate lograba desbordar por las dos bandas pero no conseguía ponerse cara a cara con Bologna. En varias oportunidades apeló a la media distancia, pero todas se fueron por arriba. Ambas dificultades –las patadas ajenas y la falta de puntería propia- desajustaron su juego, fue perdiendo precisión y el dominio fue declinando paulatinamente. Por entonces Cuero se movía por derecha, buscando la espalda de Velázquez, salida permanente del Grana, sin poder sacar provecho de esa circunstancia, sobre todo porque Braghieri se ocupaba de cerrar, a veces bien, siempre potente e intimidante. La cuestión es que ante ese panorama, Cuero se fue a jugar por la izquierda de su ataque, por el lado de Araujo. El Pipi, aunque menos a fondo, también subía. Y cuando no subía tenía que estirarse y conformar línea de tres, con Braghieri por izquierda y Gómez libre, para cubrir la subida de Velázquez. Cuero avisó luego de ganarle la espalda a Araujo y esquivar el cierre de Gómez, y Monetti respondió con acierto. En la siguiente fue el Pipi el que lo corrió y el que no pudo hacer pie ante el freno del delantero. Lamentablemente Fritzler y Gómez, que cerraban por ese lado, se fueron los dos para el área imaginando el centro, ninguno pensó en el enganche hacia adentro para ponerse de diestro y buscar la comba de empeine derecho para ponerla en el ángulo superior más lejano de Monetti, como sucedió. El remate, toda virtud del moreno.

Lanús es una especie de Aquiles poderoso y ofensivo, con un punto débil: el famoso talón. Nadie es perfecto. El talón de Aquiles de Lanús es su longitud, su verticalidad y el desequilibrio que se produce entre los que atacan, que suelen hacerlo bien, y los que defienden, que en conjunto casi siempre lo hacen mal. El segundo tiempo granate fue la profundización de esa tendencia tantas veces vista: a medida que se nubla en ofensiva, su juego va perdiendo convicción y es el rival el que empieza a dominar y a creer en el triunfo, algo que en el arranque era impensado. Lanús lo peleó hasta el final, pero en cada ataque a fondo que recibe se va desordenando y en cada respuesta se estira un poco más. Siempre que le toca perder -o resignar puntos que parecían ganados- es por lo mismo, las imágenes no mienten, las estadísticas menos, no hay muchas más vueltas que darle. Un hincha puede cansarse de decirlo. El técnico no. Tiene que resolverlo, sobre todo porque pasan los meses y algunos entrenadores rivales, los que tienen con qué, logran sacar fácil provecho de tan evidente debilidad. Va a hacer un año y medio que esto sucede.

La derrota fue dolorosa pero justa. Una estrategia defensiva, con un plantel de menor potencial, se impuso sobre la otra, más ofensiva, porque le apuntó al talón. A esta altura resulta injusto evaluar actuaciones individuales por tratarse de un plano absolutamente dependiente del otro. Araujo y Velázquez seguirían siendo de los mejores laterales de la Argentina, el equipo no se partiría al medio, no sería tan vertical y sobre todo, no sería tan largo y distante, tanto entre los jugadores como entre las líneas, si ejecutara una estrategia más viable y si jugara con mayor equilibrio. Si vamos a atacar, todos a pararse en campo contrario. Y si hay que defender, los diez de campo detrás de la línea de la pelota, abocándose a la tarea de recuperarla. Son cuestiones futbolísticas de sencilla solución con solo ver los videos. Nada del otro mundo.       

La caída no alcanza para apagar la fiesta por el presente espectacular del club Lanús. Por ser parte del más grande milagro del fútbol argentino, por cuarenta años heroicos, de la casi desaparición a la actual grandeza institucional y deportiva. Independientemente de un resultado adverso e impensado, los veteranos granates vivimos una de esas jornadas de emoción plena y ojos nublados, con ganas de traer a la mente los recuerdos de otros tiempos y volver de la mano de aquel que nos llevaba a la vieja cancha a ver al Grana y que ya no está, para decirle al oído “abrí bien los ojos, mirá en lo que se convirtió el club del que me hiciste hincha” y abrazarlo fuerte.  
    

Marcelo Calvente

viernes, 28 de agosto de 2015

Minuto 70



Ojo. Tal vez la mejor virtud de esta versión de final de ciclo del equipo de Guillermo sea las enseñanzas que deja en cada actuación, tanto en el aspecto táctico como en el análisis individual de cada una de sus figuras. Lanús es una especie de muestrario de involuciones colectivas producidas por un mal llevado recambio, que pese al tiempo transcurrido el entrenador no puede resolver. El equipo nunca recuperó la solidez defensiva que le daban Goltz e Izquierdoz, y mucho menos el equilibrio entre líneas que entonces tenía, lo que lo hacía plantarse en campo contrario y ejercer presión en la salida del adversario de turno. Todo esto no significa que se trate de un elenco fácil de derrotar, mucho menos en instancias de definición mano a mano, y menos aún cuando actúa en condición de visitante. El problema es el juego, las ventajas que otorga, los altibajos anímicos de concentración, e incluso a veces la falta de convicción que algunos jugadores evidencian respecto de la idea futbolística que deben interpretar. Así y todo, Lanús se trajo de Córdoba un empate en uno con sabor a victoria, un resultado justo si se tiene en cuenta el tramo final, en el que sin brillar y con mucho esfuerzo mereció el empate que logró a un minuto del cierre, pero milagroso si se parte del inicio, el peor de los muchos malos que tuvo últimamente, saliendo a la cancha desconcentrado y recibiendo un gol antes del minuto de juego. Así anduvo hasta el minuto 70. Pese a las ventajas que recibió hasta ahí, Belgrano no se animó a ir por más, y como suele ocurrir muy de tanto en tanto, lo terminó pagando caro.

La insólita manera en que arrancó el partido condicionó el trámite. Desde esa corrida inicial que en tres pases puso a Belgrano arriba, Lanús no pudo encontrar su lugar en la cancha. Los dos centrales atornillados cerca de la medialuna propia, los laterales contenidos ante la distancia que debían recorrer para pasar al ataque, delanteros y volantes de espaldas al arco rival, tratando de recibir pelotazos largos y a dividir que partían de Gómez, el último hombre granate, que si alguna virtud justamente no tiene es claridad para entregar la pelota. Belgrano la recuperaba rápido pero, temeroso de la ventaja que tenía, no se animó a ir a fondo, esperó un adelantamiento granate que nunca ocurrió, porque así de largo como estaba, ni Lanús ni ningún otro equipo puede meter dos pases seguidos. El partido se hizo friccionado, con pierna fuerte de ambos lados, -que el árbitro brasileño no sancionó con la misma severidad- con los jugadores granates bien dispuestos para dar lucha pero no tanto para ofrecerse como receptores y generadores de juego, todo estaba a favor de Belgrano. Gómez y Braghieri se están haciendo más fuertes en la marca pero siguen jugando diez o quince metros detrás de lo que deberían. Ambos trasponen la línea media sólo cuando van a buscar por arriba en el área de enfrente, en las pelotas paradas. Prefieren pararse cerca del área de Ibáñez, y esa inexplicable y tozuda posición de la dupla central destartala todo intento colectivo del equipo.

Castelani lucha por un lugar entre los once del Melli
A los 70 del completo ingresó Sebastián Leto, y su ingreso produjo un cambio sustancial en el terreno de juego. Al talentoso delantero de cuna granate que había vuelto con gloria, con títulos y participaciones internacionales en Europa -aunque con varias lesiones a cuestas- desde el vamos la fortuna no lo acompañó. Sufrió un absurdo accidente que le costó dos operaciones de cráneo y una lenta recuperación con un desgarro en el medio, hasta que por fin, con un incómodo y llamativo protector en su cabeza, logró sumar algunos minutos ante Huracán, y a los 70 minutos de juego de un partido que venía mal para Lanús se metió en el partido sacudiendo a propios y extraños. A sus compañeros porque les dio un ejemplo de entereza y valentía, pidiéndola, luchando para tenerla, aguantando los golpes y la provocación de los rivales, que intentaron sacar partido de posibles temores y secuelas apelando a codazos, patadas y empujones. El Flaco no sólo no arrugó: se las arregló para jugar la pelota con criterio y contagió a sus compañeros con su noble sacrificio. El Grana empezó a crecer, Belgrano a refugiarse cada vez más atrás. La pierna fuerte siguió mandando, pero así y todo, con la batuta de Leto y el acompañamiento de los demás, sin generar peligro, Lanus se fue haciendo dominador. El estadio colmado la vio venir, los defensores de Belgrano se durmieron en el último corner, con la pegada de Ayala -que aparece cuando debe aparecer- y la potencia aérea en alza de Gustavo Gómez, llegó el empate que por su mayor entereza en el tramo final, Lanús mereció.     

Por delante quedan nueve compromisos por un torneo local que ya no pelea y dos Copas en las que aún está en carrera. Por detrás hay un rendimiento que no termina de conformar a nadie, con errores tácticos de larga data que a esta altura cuesta entender que persistan, y jugadores que alternan buenos y malos rendimientos, a tono con un colectivo que no terminar de funcionar como para soñar con grandes objetivos. “Es fútbol”, suele decir Miguel Russo y con eso explica lo mucho de inexplicable que tiene este deporte. Está claro que de no mejorar será difícil celebrar algo grande, pero también es cierto que a las mejorías de Gómez y Braghieri, Guillermo puede sumar los aportes de Martínez, Castelani, el Pampu González, Leto, Di Renzo, Aguirre y el demorado Almirón, con la columna vertebral que componen Araujo, Velázquez, Fritzler, Ayala, Junior y el Laucha Acosta, nombre por nombre, y pese a las dificultades de funcionamiento que el entrenador debe superar, alcanza para mantener las esperanzas, al menos, hasta el próximo compromiso.


Marcelo Calvente