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domingo, 17 de julio de 2016

La tarde que Lanús enfrentó a Piraña

Curiosa es la historia del Club Atlético Piraña, nacido en 1942 en el corazón de Pompeya, en la calle Famatina, entre casonas, conventillos y galpones donde aún sobrevive la sede y la vieja cancha de medidas antirreglamentarias. Allí supo forjar un relieve futbolístico durante dos décadas de participación en las ligas independientes. Vaya uno a saber cómo, Piraña consiguió lo más difícil de lograr por aquellos años de explosión futbolera: junto a otros seis clubes, entre ellos Arsenal de Sarandí y Villa Dálmine, obtuvo la afiliación a la AFA para disputar el torneo de la división Aficionados de 1961. Humilde entre los más humildes, sólo entre 1964 y el 69, con la aparición de Héctor Yazalde,  Piraña estuvo cerca del ascenso. A partir del año 1970 el equipo de Pompeya tuvo que luchar por mantener la categoría, y muchas veces esquivó milagrosamente la tan temida desafiliación de una divisional cada vez más competitiva.

Sin embargo en 1978, y de manera insólita, casi milagrosa, Piraña vivió su hora más gloriosa: en un torneo que contó con 30 participantes, divididos en tres zonas de 10 equipos, fue uno de los quince clasificados a la rueda final por el ascenso, los cinco primeros de cada zona. Todo milagro tiene su explicación; en medio de la competencia se denunció a un equipo que no cumplía el artículo 241 de la reglamentación de la divisional, que impedía poner en cancha más de tres jugadores mayores de 23 años. La investigación se profundizó, y finalmente 14 de los 15 equipos que participaron de la ronda final fueron sancionados. Las quitas de puntos fueron determinantes. Gracias a esas sanciones, Piraña, el único equipo que no trasgredió la regla, vivió su cuento de hadas: terminó puntero con 19 unidades, la misma cantidad que Justo José de Urquiza, que había recibido la sanción menor: apenas 3 puntos de descuento. Lo dirimieron en una gran final jugada en cancha de Argentinos el 15 de enero de 1979, donde Piraña se impuso por 4 a 1 y obtuvo la mayor conquista de su breve existencia: Campeón de Primera División “D” y ascenso a la “C”, donde jugará en 1979 por primera y única vez.

En sentido contrario venía el club Lanús, una de las 18 entidades fundadoras del profesionalismo, con un bien ganado prestigio por su estilo de juego ofensivo y un reducto difícil, atributos suficientes como para afianzarse como equipo de primera división durante los años 30 y 40. El elenco Granate perdería la categoría por vez primera recién en el año 1949 víctima del mayor despojo de la historia del fútbol patrio, cuando ya casi todos los chicos, incluidos Vélez y los equipos rosarinos, habían mordido el polvo del descenso a la “B”. El retorno fue inmediato, y significó el inicio de la construcción de un representativo que pasó a la historia como el más lujoso, desplegando un fútbol de galera y bastón que conquistó la simpatía de la mayoría los espectadores porteños: Los Globetrotters, aquel elenco maravilloso que no pudo ganar el torneo de 1956, aquellos grandes jugadores que no pudieron obtener la gloria que merecían.

En 1961 Lanús descendió por segunda vez, y en esta oportunidad el retorno le demandaría tres años en la “B”, hasta 1964, cuando consigue volver a la categoría de privilegio con otro equipo para el recuerdo: Los Albañiles, por Silva y Acosta, los constructores de las famosas paredes que los convirtieron en una dupla de leyenda. En 1970 Lanús volvió a la “B”, en el 71 ascendió, en el 72 volvió a descender, y después de varias finales perdidas consiguió retornar a la división mayor en 1976 con otro equipo excepcional conducido por José Luís Lodico, el último centrojás granate. A esa gran conquista le sucedió la caída estrepitosa. En 1977 Lanús se va a la “B” en una dramática e inolvidable definición por penales ante Platense en cancha de San Lorenzo. Y en la misma cancha, un año después, bajaría otro escalón al perder otra final, ésta vez ante Villa Dálmine. Fue en 1978, el año del Mundial, Lanús se fue a la “C” y la noticia sacudió al fútbol argentino.

Los caminos de Lanús y Piraña se cruzaron por vez primera el 5 de mayo de 1979 en cancha de Huracán, donde Piraña asumió en condición de local el partido más importante de corta existencia. Nunca había jugado ni volverá a jugar con un rival de semejante tamaño. El Grana había tocado fondo, y el sorprendente crecimiento de Piraña, de manera simultánea, encontró su techo. Lanús había formado un equipo con hombres experimentados en la divisional “B” pensando que el retorno se daría de manera natural, por el peso de la camiseta y de la historia, y pronto comprendió que nada sería tan sencillo. Algo parecido pero en sentido adverso le pasó a Piraña, que mantuvo el equipo que había logrado el ascenso, y pronto comprendió que el sitial le quedaba demasiado grande. Su campaña lo dice todo: apenas 2 victorias y siete empates con 29 derrotas, muchas de ellas por goleada, los números elocuentes que lo devolvieron a la “D”.  Cuando se volvieron a ver las caras en la cancha de Lanús, por la ronda de las revanchas, todo estaba más que encaminado para ambos. El local no logrará darle alcance al Deportivo Español, que lo pasó en el tramo final, consiguió el ascenso con justicia, y Piraña se despidió de la “C” para siempre.

El tiempo puso las cosas en su lugar. Para Lanús, el choque con Piraña simboliza la dimensión de la caída, pero también el punto de partida de una esforzada y sorprendente recuperación institucional, aunque le demandará 12 años su vuelta a la primera división. En la actualidad es uno de los animadores del fútbol argentino y de las máximas competencias internacionales, y en los últimos 20 años obtuvo dos títulos locales y dos continentales. Para Piraña, haber enfrentado a Lanús sintetiza la dimensión de una hazaña deportiva lograda en circunstancias curiosas, que se truncó cuando la carroza se convirtió en zapallo y todo volvió a su lugar. En 1980, Piraña jugó nuevamente en la “D”, salió último en la tabla y perdió su afiliación. Nunca más volvió a la órbita de la AFA. En los últimos 15 años dejó de funcionar normalmente, padecimiento habitual en las instituciones barriales. Sus instalaciones fueron ocupadas por bandas dedicadas a comercializar drogas. Luego de un procedimiento policial, el lugar fue clausurado. En 2014 socios y vecinos lograron la normalización institucional, y en la actualidad siguen luchando para recuperar su sitial en el corazón de Pompeya.

Aquel furtivo encuentro entre Lanús y Piraña, uno sintiendo el estrépito de su caída y el otro celebrando su suerte ante el precipicio, está marcado a fuego en las historias de ambas entidades. Y hoy, que todo los separa, los une la singularidad y el dramatismo con el que ambos clubes han transitado sus respectivas existencias.  

Marcelo Calvente



viernes, 24 de junio de 2016

Sufrir, celebrar y seguir soñando

La gestación del inolvidable Lanús Campeón de Jorge Almirón no fue un lecho de rosas para los hinchas granates. Fueron seis meses de sentimientos contradictorios. Al principio pesimistas de cara al futuro, no había demasiada confianza en el nuevo entrenador, aunque las victorias se acumulaban aún antes de empezar a jugar bien. Hasta la 5ª fecha, el equipo de Almirón siempre lo intentó aunque no siempre logró, no obstante le alcanzó para agarrar la punta con cuatro victorias consecutivas y el empate en San Juan. Por la 6º, en Arias y Guidi, Lanús aplastó a Newell’s con una lección de fútbol bien jugado, firme defensivamente y profundo en ataque. Fue la primera vez que se plasmó en el terreno lo que el DT y los jugadores venían intentando. El buen andar se mantuvo pese a la derrota en Avellaneda ante Racing. Con la seguidilla de triunfos que siguió a esa caída, la gente de Lanús empezó a confiar en el equipo, a ilusionarse con que ésta vez sí, el título estaba más cerca que nunca.

Superando a todos los rivales que enfrentó, el Grana se clasificó a la final dos fechas antes del cierre, y mientras no se definía el adversario, en Lanús volvió la tensión. Cuando se supo que el rival sería San Lorenzo, una buena parte de los hinchas se dejó ganar por la inquietud. De perjuicios y despojos, los Granates saben de sobra. La angustia se terminó cuando la pelota empezó a rodar por el césped de la cancha de River, y Lanús empezó a construir su tarde de gloria, la mejor actuación colectiva y la más notable victoria de su historia centenaria, cuatro a cero sobre el equipo del Papa y de Tinelli, vuelta olímpica en Núñez y celebración en el Obelisco. Ésta vez sí, con el reconocimiento de todos, con amplia cobertura de la prensa especializada, con el renovado fervor de su parcialidad cada vez más numerosa y cada vez más exigente, la ciudad de Lanús vivió su merecida fiesta por la obtención de la cuarta estrella, esa que tanto se venía postergando.

El campeonato se terminó y la borrachera pronto se fue disipando. Enseguida llegó la Copa América, también la Copa de Europa, pero el hincha granate, con la vara de la exigencia demasiado alta, no se termina de enganchar con el juego que se despliega. Quiere que vuelva la competencia local, y mientras espera, mira de reojo las noticias que siempre animan los recesos, el famoso mercado de posibles pases, campo orégano para las operaciones de prensa que llevan a cabo sistemáticamente los periodistas de los medios nacionales, a veces de manera descarada. El hincha de Lanús no tiene respiro. La fiesta pronto dio lugar al sufrimiento. El primero en encender la alarma, cuando no, fue el más idolatrado de sus futbolistas, el Pepe Sand, que en el mismo terreno de juego, minutos después de obtenido el campeonato, deslizó que su continuidad estaba en duda y que la culpa era de algunos dirigentes. De ahí en más, las pálidas se sucedieron una tras otra. El que la siguió fue Román Martínez, que dice que quiere firmar un mejor contrato y que escucha ofertas. Después apareció Iván Marcone, que ante la pregunta cómplice dice que siempre fue hincha de Independiente. Señales de humo, intentos unilaterales demasiado obvios. Y algunas noticias parecen en joda: dicen que se llevan al controvertido Junior Benítez, el mismo que hasta no hace mucho tiempo estaba en la mira implacable de la mayoría de sus hinchas, según parece lo quiere uno de los grandes de Portugal, nada menos que el Benfica, y de concretarse la operación, sería a cambio de una suma cercana a los tres millones de dólares. Sí, ¡por Junior! ¿Quién lo hubiera dicho? Por ahora, es todo chamuyo. Una muestra de lo mucho que falta para que se active el mercado son las pocas operaciones de relevancia que se han concretado hasta el momento.

Los ojos de los dirigentes y representantes del primer mundo están puestos en la competencia europea, y apenas si miran de reojo la Copa América. Recién a partir de cuartos, cuando empiezan los partidos eliminatorios, suelen prestarle mayor atención. Lanús tiene tres de sus mejores valores jugando en Paraguay, pero lamentablemente el equipo guaraní no logró clasificar a cuartos, es decir, esos futbolistas no pudieron cotizarse como se esperaba. Pero ojo, Paraguay tiene un panorama complicado para llegar al próximo mundial y acaba de ser despedido su entrenador, Ramón Díaz. Y según informa el diario Olé, el director de selecciones de Paraguay, Miguel Figueredo, confirma desde Asunción que Jorge Almirón está en la lista de probables reemplazantes. Eso sí es para preocuparse. Si bien los dirigentes de las asociaciones nacionales suelen buscar entrenadores con más renombre internacional, no hay que ser muy inteligente para saber apreciar lo hecho por Almirón en Lanús: en apenas seis meses logró aplicar con notable acierto un esquema táctico revolucionario que lo llevó a consagrarse holgado campeón, que hasta hoy nunca fue superado y que dejó claramente un escalón debajo a todos los rivales que enfrentó, incluso hasta los más encumbrados. Y además lo dicho: tres de los mejores futbolistas paraguayos están a sus órdenes en Lanús

Pronto comienza la Copa Sudamericana, y si no ocurren circunstancias irreversibles, como ser ofertas millonarias irrechazables o incorporaciones fallidas, el equipo granate mantendrá su potencial y será animador principal de la competencia, teniendo como adversarios más poderosos al Atlético Nacional de Medellín, a Emelec de Ecuador, y tal vez a alguno de los equipos brasileños y mexicanos. Esta Copa, la segunda en relevancia a nivel continental, es una buena oportunidad para ver si aparece un equipo que pueda superarlo. Por ahora, con la idea de Almirón y con estos mismos futbolistas, Lanús tiene chapa como para afrontarla con optimismo, y también la Copa Libertadores que disputará durante el primer semestre del 2017. Y el hincha de Lanús, después de tanto sufrimiento, tiene todo el derecho a soñar con ganarla, y luego viajar a Japón para jugar por la obtención de la Copa Mundial de Clubes Campeones.

Marcelo Calvente

miércoles, 1 de junio de 2016

Apuntando a Japón

Las imágenes de fin de mayo son muy fuertes: 30.000 granates desbordando de entusiasmo, copando medio Monumental, la cobertura periodística acorde a un partido tan trascendental, y la goleada aplastante, pocas veces vista superioridad tal en un partido decisivo de este fútbol argentino cada vez más parejo. Las redes sociales reflejan el sentir popular de los simpatizantes de los demás equipos: Lanús es un gran campeón, es el mejor elenco argentino, por lejos el que mejor juega. Imágenes del 4 a 0 final que reflejan la superioridad que el equipo de Almirón, en mayor o menor medida, impuso sobre el resto de sus oponentes, sobre todo cuando pudo alinear a sus mejores futbolistas.

Hay que volver al principio para dimensionar correctamente este final impactante de semestre. Con una unidad política atada con alambre, Lanús arrancó el año sin deudas pero sin plata, cosa que solo los socios más cercanos intuían. La comisión directiva entrante lo explicó con su primera medida: no renovación del contrato de los mellizos, llegada de Jorge Almirón, bueno y barato, según sugirió de maneras varias Nicolás Russo. Apenas cinco refuerzos logrados sin dinero en efectivo, tres de ellos serán fundamentales para potenciar un plantel devaluado por las derrotas y el desequilibrio en el juego: el lateral derecho José Luis Gómez; el volante central y conductor Iván Marcone, y el milagro del Pepe Sand en su última y definitiva versión, la mejor de todas. Con la premisa inalterable de jugar la pelota al pie, sorteando con fortuna algunos errores cometidos durante los reñidos tres primeros partidos, el equipo de Almirón construyó una campaña inédita en la historia del club, jugando seguramente el mejor fútbol de una vida repleta de juego ofensivo y vistoso. El país entero, en algunos casos con sorpresa, así lo reconoce.

Los granates de ley lo disfrutamos no sin temor, y holgadamente llegamos a la definición con la cruz de las últimas cinco finales perdidas de manera consecutiva por Guillermo, al que agradecidos por el título obtenido en 2013, despedimos como se despide a un campeón. Para el recién llegado hubo mucha más cautela. La ilusión fue creciendo a fuerza de victorias, siete de ellas consecutivas, hasta la penúltima fecha, cuando ya clasificado finalista, empató en La Paternal con equipo alternativo y postergó por una semana la agonía de Argentinos. Cuando volvió a alinear a sus mejores once para enfrentar al ganador de la otra zona, San Lorenzo, sin la inexplicable presencia de Mouche y con la sorpresiva y poco confiable inclusión de Junior Benítez en su lugar, el cambio potenció a un equipo que llegaba descansado, y que superó con baile a un rival agotado y disminuido por la ausencia de Ortigoza, la pausa y la claridad que su técnico no pudo reemplazar.


La exhibición Granate en un partido de tamaña trascendencia lo pone en la elite de América, candidato natural a ganar la Copa Sudamericana que se jugará a partir de agosto, y también en la mira ávida de figuras de los grandes clubes del primer mundo. El desafío que Lanús tiene por delante es vender sólo lo necesario, y ante lo inevitable, lo más difícil: remplazar bien a los que se irán, esta vez con un poco más de aire financiero. Todo esto logró Nicolás Russo en estos seis meses, desde que fue llamado de urgencia para frenar el descalabro que dejó la gestión de su antecesor, te guste o no, haciendo equilibrio de una unidad endeble, pero dispuesto a recuperar la antigua solidez.

Las imágenes son muy emotivas y se viralizan en los medios modernos. La multitud en las tribunas de River, las caravanas de ida y de vuelta al Monumental, el obelisco copado por los hinchas granates. El reconocimiento de todos, y la ilusión de que esas imágenes no se conviertan en un recuerdo. Que abran un álbum con muchas hojas por llenar ahora nomás: la Copa Sudamericana junto con el nuevo torneo local, la Libertadores que jugará en el primer semestre del año que viene, a la que clasificó con el objetivo de ganarla y acceder al mundial de clubes, con la ilusión de volver a Japón, o adonde sea que lo convoque la FIFA, a disputarse en diciembre 2017.

Marcelo Calvente


martes, 17 de mayo de 2016

Pensando en el futuro



Sin jugar en el nivel que lo venía haciendo, ya clasificado a la final, Lanús empató en un tanto con Argentinos en La Paternal por la anteúltima jornada, y con esa igualdad culminó la seguidilla de siete triunfos consecutivos s entre la 8ª y la 14ª fecha del torneo de Transición 2016, una marca inusual en un fútbol tan competitivo como el nuestro, lograda con un armado futbolístico conducido por una nueva comisión unitaria presidida por Nicolás Russo, con Jorge Almirón al frente del plantel.

Almirón había fracasado en Independiente a fines de mayo de 2015 y desde entonces nunca fue mencionado como posible reemplazante de los varios entrenadores que fueron despedidos durante ese tiempo, ni se escuchó hablar de él. Llegó en silencio, firmó un contrato austero, convencido de que Lanús era el club ideal donde poner en práctica su idea de juego. Con más promesas que dinero, el Grana incorporó a José Luis Gómez, Marcone, Mouche, Colotto, Pelletieri y Sand, y crease o no, logró armar el mejor equipo del fútbol argentino de hoy. No lo digo yo, lo dicen los números: la valla menos vencida, recibió apenas 7; el equipo más anotador (27); el jugador más desequilibrante: el Laucha Acosta, y el goleador del torneo, el Pepe Sand y su cinematográfico retorno, 14 conquistas en 15 partidos, su carrera deportiva pide a gritos una true history, otra página gloriosa de las tantas que habitan en las entrañas del club Lanús con sus novelescos ciento un años de vida, la historia de amor entre un goleador y el club que necesita para ser feliz, que está a punto de culminar de la mejor manera.

Curiosa es la trama. El Pepe ésta vez sí que volvió por amor a la camiseta, con menos exigencias, conciente de la situación económica del club donde había logrado su techo en 2007, donde fue ídolo y figura del Lanús campeón del Apertura de ese año, siendo además goleador absoluto de los torneos Clausura 2008 y Apertura 2009. Había llegado en junio de 2007 a los 27 años luego de un recorrido irregular por varios clubes, y se fue  dos años después por una millonada para Emiratos Árabes. Las vueltas de la vida: después de otro largo y variado periplo de nulo brillo deportivo que duró seis años, cuando parecía que su carrera se terminaba, un buen paso por Aldosivi lo puso en la vidriera. Por esas cosas del destino, lo trajo el mismo dirigente que, ante cada posible retorno que se frustró a causa de las exigencias desmedidas del representante del futbolista, tuvo que pagar el costo político por no ceder. Ni vencedores ni vencidos, al final el Pepe volvió, rindió mucho mejor de lo esperado, y todos felices.

Lanús había ganado sus tres primeros compromisos con poco fútbol pero con mucho sacrificio, y con lo que el Laucha y el Pepe pudieron lograr en el área de enfrente. Según Jorge Almirón: “El peor partido nuestro fue en cancha de Témperley, por la tercera fecha. Esa tarde, cuando todavía estábamos empatados en cero, Monetti resbaló con la pelota y pudo ser gol. Si perdíamos por esa jugada la gente se iba a impacientar, y con menos respaldo, salir jugando nos iba a costar mucho más, sobre todo de local”. Ante Atlético Tucumán su equipo mejoró bastante y ganó con justicia. Y en San Juan, con un parcial de igualdad en dos, Aguirre se fue expulsado a 23 minutos del final, y el empate parcial pasó a ser un buen resultado. En la sexta fecha, ante Newell’s y en La Fortaleza, apareció el funcionamiento que el equipo estaba buscando: sin tirar pelotazos frontales, intentando siempre salir jugando la pelota al pie, proyectando a los laterales para imponer superioridad en el medio, y tratando de armar los ataques con paciencia, intentando de generar el hueco para llegar con pelota dominada al área rival. Fácil de explicar, pero difícil, muy difícil de implementar de manera exitosa en un fútbol tan urgente de resultados como el argentino. Para jugar así hay que tener un público sabio y comprensivo como un monje oriental, cuya paciencia infinita le permita saber esperar, o como le sucedió a Lanús, que directamente arrancó ganando con o sin los méritos suficientes mientras buscaba imponer la idea del entrenador, diametralmente opuesta a la de su antecesor. La enorme victoria sobre Newell’s encendió la esperanza granate.  

Sin embargo siete días después, el equipo de Almirón, aunque volvió a jugar bien,  sufrió su única derrota en el torneo en Avellaneda ante Racing y a causa de dos errores defensivos. La senda decisiva la tomó a partir de la 8ª fecha, y desde entonces hasta el empate de ayer en La Paternal, ganó todo lo que jugó. Arrancó derrotando claramente a Boca, un partido de enorme repercusión, y luego a Unión, Banfield, Rafaela, otra vez Banfield, Tigre y Aldosivi, una brochette de siete victorias al hilo que lo consagró finalista con dos fechas por jugarse, mientras Godoy Cruz y San Lorenzo deberán luchar hasta la jornada de cierre para obtener el derecho a enfrentar a Lanús.

La inédita circunstancia de haber clasificado a la final de manera anticipada fue el principal escollo -pero no el único- que el Grana debió afrontar en La Paternal. Por un lado el campo de juego, además de ser muy chico, estaba en muy mal estado, como la gran mayoría de los terrenos argentinos, lo que dificultó notablemente el traslado del balón de un Lanús con muchos suplentes. Argentinos se jugaba la permanencia, en el minuto 3’ del complemento  recibió el gol de Velázquez, y de acuerdo al resto de los resultados que se daban en otros escenarios, estaba perdiendo la categoría. La desazón de sus hinchas ante el drama del descenso, un sentimiento que los viejos granates conocen muy bien, se trasladó al terreno, y gracias al permisivo Beligoy, los futbolistas locales recurrieron a un excesivo juego brusco que pudo ocasionar alguna lesión de gravedad. En ese contexto irregular, Colotto perdió increíblemente a Carlos Bueno en el área chica y el Bicho alcanzó el empate, que dadas las circunstancias, fue un buen resultado para ambos equipos.     

La increíble campaña pone al club Lanús frente a dos nuevos y ambiciosos objetivos, dos circunstancias que al comienzo del ciclo ni el hincha más optimista podía imaginar: en primer término, ganar la final y abrochar la esquiva cuarta estrella. Si todo transcurre sin sorpresas, Lanús debe ser el campeón, simplemente porque es el que mejor juega. Es necesario cerrar el semestre con el más que merecido título de campeón y terminar con la larga lista de finales perdidas. Las victorias deportivas, siempre, alimentan el fervor del hincha y el respaldo del socio. El segundo objetivo es el más importante, y a la vez el más difícil de conseguir: en lo posible sin desarmar el equipo y tratando de acertar en la elección de los reemplazantes, concretar un par de ventas relevantes y recaudar el dinero necesario para volver a poner al club en la ruta de la solvencia económica y la previsibilidad financiera. Si lo logra, volverá a instalarse en más alto nivel continental y será un gran candidato a obtener la Copa Sudamericana 2016 que se disputará durante el segundo semestre. Un objetivo nada sencillo, pero tampoco descabellado.

Marcelo Calvente



martes, 26 de abril de 2016

El tren de la ilusión



El fútbol, todos lo sabemos, es una caja de sorpresas. Y lo es a punto tal que Messi marcó su gol número 500, cifra hoy por hoy nada frecuente, y en esa misma noche el Barcelona perdió su tercer partido consecutivo por la Liga Española, cosa que tampoco suele ocurrir muy a menudo. Sabemos que con el pitazo inicial comienza una impredecible historia de 90 minutos donde todo puede suceder, una continuidad de circunstancias deportivas supervisadas por un reglamento inflexible en lo disciplinario aunque demasiado laxo en lo espiritual, cuya interpretación está cargo de un hombre vestido de árbitro que suele tender a los fallos compensatorios, siempre y cuando no se le de por el afano liso y llano. Un árbitro cuyas sanciones, sean correctas o equivocadas, suelen condicionar enormemente el curso normal de los partidos. Con esta lente, resulta interesante analizar la gran victoria Granate sobre Banfield por 2 a 0.  

Sabíamos de antemano el muy distinto presente futbolístico de cada equipo: el Grana marcha puntero absoluto, mientras el Taladro viene a los tumbos, golpeado por la dura derrota que hace apenas 15 días su clásico rival le propinó en Peña y Arenales. Sin embargo, y como suele ocurrir, al comenzar a rodar la pelota las cosas fueron muy parejas. Banfield salió a meter presión en campo rival, y logró dificultar el juego atildado de Lanús. La pelota se disputaba lejos de los arcos, en la zona de gestación, y cuando el local lograba hilvanar algo en ofensiva, la visita recuperaba y respondía con intenciones de armar la contra. En dos oportunidades, a los 15’ a y a los 17’, Marcone tuvo que cometer infracción para evitar dos réplicas peligrosas, y de manera tempranera dejó a su equipo con diez. Dicen los analistas de repeticiones de TV que en la segunda oportunidad no llegó a tocar a su rival. El árbitro marcó la falta que todos vimos, mostró la segunda amarilla y a llorar a la Iglesia. Con mucho por jugar, Jorge Almirón pierde a su jugador clave en lo que respecta al equilibrio. A barajar y dar de nuevo.

En inferioridad numérica, con Román Martínez ocupando el centro del campo y con Mouche volanteando por derecha, Lanús decidió esperar lo que pudiera construir el rival, y lo hizo en campo propio, con dos líneas de cuatro y el Pepe suelto arriba para tratar de capturar un balón y descargar para la llegada en velocidad de Acosta, Almirón y José Luís Gómez, virtual cuarto atacante del equipo de Almirón. Temerosos del poder de respuesta del local, a los jóvenes futbolistas visitantes le empezó a quemar la pelota. Advertido de la situación, Lanús le fue tomando la mano al partido, y a los 40’, el penal que le cometen a José Luis Gómez -¿fue adentro o afuera?- puso frente a frente a dos especialistas en la materia: el Pepe Sand para ejecutarlos, Hilario Navarro para atajarlos. Y como no pintaba ser una noche fácil para los Granates, Hilario se adelantó dos metros -a la vista del árbitro asistente ubicado sobre la línea de fondo para controlar que esa infracción no se cometa- y rechazó el remate poco eficiente del correntino. Reclamos, solamente los lunes por la mañana. Final del primer tiempo con empate en cero y a volver a barajar.

El paraguayo Ayala se tuvo fe y abrió el marcador
Si la presencia de Mouche es difícil de justificar cuando Lanús juega con once, con diez ya deja de tener sentido. Su lugar lo ocupó Ayala, que había entrado unos minutos ante Rafaela para mostrarle al entrenador que comprendía su idea. Entonces el esquema volvió a cambiar: Ayala se paró de “cinco” pegadito a la línea de cuatro para hacer la tarea de Marcone, y los tres volantes restantes -Acosta, Martínez y Almirón- dieron un paso adelante, y contaron con las proyecciones de José Luís Gómez y Maxi Velázquez. Así Lanús volvió a dominar y a sacar ventaja por las bandas, y Banfield apeló al retroceso absoluto como nunca en el partido. En eso estaba cuando Erviti fue expulsado por una mano que cuesta juzgar como intencional, pero que el propio jugador convalidó con sus ganas de dejar la cancha. En la reanudación de las acciones, toque de Maxi para un Ayala demasiado libre que no dudó y clavó un remate inatajable desde 30 metros. Iban 14 minutos, Erviti aún no había llegado a su vestuario, cuando el piso se le movió por el estallido de 30.000 gargantas. Todo estaba a pedir del Grana.

Pero en el fútbol no siempre ocurre lo que debería suceder. A la visita, ya sin empate que defender y con 30 minutos por jugar, no le quedaba otra que quemar las naves en busca del empate. Y como Lanús no pudo aumentar y tampoco defendió correctamente, en dos o tres oportunidades la valla de Monetti peligró, y aunque el arquero respondió con eficacia, una vez más su público tuvo que sufrir hasta el final. Cuando ya se celebraba, la alarma la encendió Junior Benítez, reemplazante del Pepe Sand, que a los 93’ cometió una falta de esas que no se debe cometer, el Taladro dispuso de una última pelota parada en tres cuartos, cerca de la raya de cal, y fueron a buscarla todos menos Hilario Navarro, que nada pudo hacer cuando después de dos cabezazos defensivos y de una inteligente salida de Velázquez para una corrida fulminante de Miguel Almirón, que cara a cara con el arquero definió de emboquillada y transformó la tensión del momento en delirio absoluto.

Los cinco puntos que sacó de ventaja sugieren que no hay manera de que Lanús, en lo que ya es la mejor campaña de su historia, no sea el finalista de la Zona B. De ser así, el título se definirá en 90 minutos, en terreno neutral y a todo o nada, una definición poco frecuente. Resta conocer el rival y el nombre del árbitro que tendrá a su cargo el partido, y ninguna de las dos es una cuestión menor. Pero es tanto el poderío exhibido por el equipo, es tan variado su juego y luce tan eficiente su entrenador, que después de las cinco frustraciones al hilo que siguieron a la conquista de la Sudamericana 2013, el pueblo Granate se subió al tren de la ilusión, en el que ya no hay lugar para viejos fantasmas, y de donde no piensa bajarse sin la cuarta estrella.

Marcelo Calvente

martes, 19 de abril de 2016

Uno de esos triunfos



Seamos sinceros; lo lógico era esperar una victoria abultada de Lanús sobre Atlético Rafaela, y que Estudiantes no gane en San Juan, en el difícil reducto donde el Granate dejó dos de los cinco puntos que perdió en este torneo. Estaba cantado, pero no fue así. El fútbol argentino cambia, los clubes se reciclan, algunos crecen, otros retroceden pero durante las últimas dos décadas una premisa se mantiene inalterable: cualquiera le gana a cualquiera. Siempre. Y así como el Pincha le ganó sin discusión a un tibio equipo sanjuanino, Atlético de Rafaela estuvo muy cerca de no perder en La Fortaleza, e incluso pudo haberse llevado los tres puntos. Y si un equipo que en diez partidos solo había ganado una vez y tan solo en dos oportunidades había logrado empatar, un equipo que había convertido nada más que ocho goles y recibido 23, estuvo a 23 minutos de ganarle y a cuatro -los cuatro que el árbitro otorgó de descuento- de empatarle a Lanús, significa que el Granate no fue el mismo. Que algo falló.

El Pepe volvió a marcar, y lleva 12 goles en 11 partidos
En primer término falló la capacidad de definición que lo había caracterizado. Las dificultades que exhibió en ese aspecto ante Rafaela tienen que ver en gran parte porque el as de espadas, el Laucha Acosta, no fue tan determinante en los últimos metros como suele ser. Y en parte porque Miguel Almirón, jugador fundamental para que Lanús sea desequilibrante en velocidad, siga debiendo la materia en cuestión, la que el Pepe Sand sabe de memoria: la definición. Sand, que también falló todo lo que dispuso en la etapa inicial, tuvo frialdad y la espalda necesaria como para asumir ese penal en el minuto 90, y no le tembló el pulso para clavar un fierrazo inatajable al ángulo superior derecho del arquero. En 11 partidos convirtió 12 goles. Más que un milagro, lo del Pepe es la reencarnación de Arsenio Erico…

Durante la etapa inicial, Lanús dispuso de no menos de cinco situaciones claras que fue desperdiciando una a otra, sumadas a algunas decisiones arbitrales que lo perjudicaron, entre ellas la anulación de un claro penal a favor que Herrera había sancionado correctamente, y que a expensas de uno de los líneas -que marcó un off-side que no existió- cambió por tiro indirecto para la visita. Hasta los 42 minutos, la única preocupación de Rafaela era mantener el cero en su valla, y para eso corría y se prodigaba tratando de presionar sobre la salida. Pero llegó ese rebote fortuito que Graciani capturó cara a cara con Monetti y marcó el inesperado gol. Al volver de los vestuarios, la consigna lógica de Rafaela fue aferrarse de cualquier modo a ese milagroso resultado. La mala campaña del equipo santafesino le había costado el puesto a un entrenador muy querido como Jorge Burruchaga, al que habían acudido en diciembre último para salvar a la Crema del descenso, y en 9 partidos había logrado apenas un triunfo y un empate. Su reemplazante, Juan Manuel Llop, venía de debutar con derrota dura en la Boca y posterior empate de local ante Unión. Sería injusto criticar su esquema, y las artimañas a las que recurrió para intentar la hazaña que finalmente se le escurrió de las manos.

Falló también el triángulo defensivo que Jorge Almirón debió improvisar, sin Braghieri y sin Marcone, cambiando de perfil a Gustavo Gómez, que pasó a la izquierda de la zaga, para que debute Colotto como primer marcador central, y Agustín Pelletieri como “cinco”, tratando de cumplir el relevante rol de Marcone. El Pulpo lo hizo bien en el aspecto defensivo, aunque no le alcanzó para aportar lo que el ex Arsenal entrega en el armado ofensivo una vez que saca al equipo del fondo. Lo de Colotto fue mediocre, sobre todo por sus problemas con la pelota, y tampoco Gómez fue el mismo que venía siendo en su posición natural. Durante el primer tiempo, el trío dificultó el principio de las maniobras ofensivas. Así y todo el Grana generó varias situaciones que no pudo definir. En el segundo, Rafaela ya no presionó. Cedió terreno y pelota y se dedicó a correr y morder mientras tuvo piernas. Lanús lo terminó ganado porque no se desesperó. Por más que Rafaela no pasara nunca al ataque, el equipo de Almirón siguió fiel a su nuevo estilo: pasar el balón hasta encontrar el espacio para perforar, ejercer el dominio sin desesperar hasta que aparezca la oportunidad. Lo que no podemos decir es que durante ese dominio del complemento Lanús haya dispuesto de muchas chances de gol. Más bien poco y nada.

El técnico volvió a acertar con sus dos modificaciones. Castelani por Pelletieri y Junior por Mouche, ambos cambios casi cantados, aportaron más precisión en la entrega. Igual, el equipo no encontraba la manera de llegar al gol. A los veinte del complemento, de tanto correr para recuperarla mientras Lanús tocaba para conservarla, la visita empezó a dar signos de cansancio. Es entendible: tan cerca de la hazaña impensada y con tanto trajín a cuestas, los jugadores de Rafaela empezaron a nublarse y el público local así lo interpretó y redobló el aliento. A 1os 22 minutos, un centro al área, la cabeza de Gustavo Gómez y el toque sobre la línea de Román Martínez, otra vez gran figura, puso el empate que todavía era un buen resultado para la Crema y una pésima cosecha para Lanús, que entonado redobló el ataque y logró algo más de  profundidad, mientras la visita echaba el lastre y se aferraba al transcurrir del minutero. Lo pudo haber logrado, pero no hubiera sido justo. En el último envío aéreo del tiempo reglamentario, pelota al segundo palo, mano tontamente levantada por Nelson Benítez, cabezazo de Castelani que todos vimos dar en el brazo del ex Lanús aunque después se comprobaría que dio en la nuca. Herrera pitó el penal y pelito pa’ la vieja. En 85 años de profesionalismo, es mucho más lo que nos quitaron que lo que nos regalaron. Sépanlo, periodistas “equipograndedependientes” que tanto lamentaron ese penal: la AFA sigue estando en deuda.

La cuestión es que Estudiantes no afloja y volvió a sumar de a tres, mejorando notablemente respecto de sus últimas actuaciones. Viene por la quinta victoria consecutiva, y pese a los difíciles compromisos que debe afrontar, es la única amenaza que el Granate puede llegar a sufrir de aquí hasta el cierre para acceder al partido final. Algunos interpretan la ajustada victoria como una luz de alarma. En cambio otros están seguros que, como pintaba la cosa, el obtenido el domingo es uno de esos triunfos que al levantar la copa para celebrar un título, se recuerdan con frases por el estilo: “Si no le hubiéramos ganado con ese penal mal cobrado a Rafaela…”

Marcelo Calvente



jueves, 14 de abril de 2016

Lanús, con el sello de su historia



La verdad es que a esta altura decir que lo de Lanús es sorprendente, es quedarse demasiado corto. Hay que remitirse apenas unos meses atrás, al último verano, a las malas noticias que acompañaron el cambio de autoridades, cuando los socios se desayunaron que tras el último mandato de Alejandro Marón, en el que Lanús se desprendió de sus principales figuras y embolsó una suma que supera los treinta millones de dólares, el club no tenía el dinero necesario como para encarar el 2016 sin sobresaltos. La primera decisión de la nueva conducción fue la no continuidad del cuerpo técnico encabezado por Guillermo Barros Schelotto: “El club no puede ofrecerle ni la mitad de lo que está ganado hoy” dijo con claridad el presidente entrante, Nicolás Russo. Y por supuesto omitió decir que el plantel respetaba al cuerpo técnico pero la mayoría ya no lo quería. Algunos por lo despiadado de Valdecantos para trabajar, otros por el planteo táctico de los entrenadores. Más rápido que volando, Nicola presentó a Jorge Almirón, y destacó sus virtudes, no sin dejar de señalar que además, resulta mucho más barato que su antecesor. Con nada para vender, con pocas incorporaciones para realizar, ni la celebrada vuelta del goleador amado, el Pepe Sand, alcanzaba para ser optimistas de cara al futuro. En el mundo Lanús, al comenzar la competencia, era el tiempo de celebrar la nostalgia por el tan postergado retorno, y no mucho más había demasiado entusiasmo por el posible equipo.

Cosa de Mandinga, a seis fechas del final del torneo, Lanús no sólo es el que más puntos logró; tampoco se discute que se trata del mejor equipo del fútbol argentino de hoy, que es lo mismo que decir uno de los mejores de América. Los periodistas de los medios nacionales lo afirman con resignación. Es que habían soñado un torneo peleado por los grandes, ahora que por fin volvieron a ser grandes, pero no, no pudo ser. Boca, River, Racing y San Lorenzo pierden con cualquiera mientras tratan de avanzar en la Copa. Independiente no juega ningún torneo internacional pero tampoco da pie con bola. El propio Central ya no parece ser el mismo, Godoy Cruz perdió de local el partido clave con San Lorenzo, que se acercó, y se perfila mejor para ganar la zona A, aunque también se prendió Arsenal, armado en principio para defender, de a poco empezó a sumar. Por el lado de Lanús, sólo la tenaz persecución de Estudiantes y Huracán, ambos avanzan aunque medio a los tumbos. En las dos fechas que se vienen, el Grana juega ambos de local, mientras el Pincha tiene dos visitas muy complicadas: ahora va San Juan, y en la siguiente enfrenta al Lobo en el bosque. Todo indica que puede extenderse la ventaja de tres puntos que Lanús le lleva, y del mismo modo puede alejarse aún más de Huracán -ya le sacó cinco- que también tiene dos visitas de las bravas: a Newell’s y a San Lorenzo.  

En los amistosos previos -y también en los tres primeros partidos oficiales, que Lanús ganó con lo justo y sin brillar-  el primer cambio que se advirtió fue la firme decisión de no tirar pelotazos. Aún en las circunstancias más apremiantes, los jugadores granates intentaban, con determinación y valor, buscar a un compañero, pero la empresa no era sencilla y el circuito no prosperaba tan fácilmente. Hasta ahí, lo mejor era el rendimiento de tres de los refuerzos: José Luis Gómez, Marcone, y el Pepe Sand, demostrando la vigencia de sus cualidades de hombre de área, le dieron el salto de calidad individual que el equipo necesitaba. Todo lo demás es decisión táctica, y es mérito del entrenador, que ordenó el cambio de planteo tan obvio como necesario, y de los futbolistas, que lo siguieron con esmero y convicción.

Lanús celebra otro gol del Pepe Sand en Banfield
Todo comenzó a principios del 2014, después del zapatazo maldito de Wilmar Cabrera. Fue el principio del fin de aquel gran equipo campeón de la Sudamericana 2013 de Guillermo, que se fue deshilachando con las partidas de Romero, Pizarro, el Pulpo González, Marchesín, Goltz e Izquierdoz. Guillermo no supo o no pudo suplantarlos: Lanus se fue quedando sin ideas, sin juego y sin equilibrio. Tan largo, que su única manera de llegar al área rival era el pelotazo frontal de los zagueros. Tan distante entre líneas, que su única manera de defender era retrocediendo sin presionar, a veces hasta pararse en la puerta del arco. Medio equipo para atacar, la otra mitad para defender, el famoso golpe por golpe que ya tanto habíamos padecido con Luis Zubeldía.

Jorge Almirón logró convencer a sus jugadores que podían volver a ser un equipo corto, y que para lograrlo era necesario asegurar el balón. Y por supuesto, cuando la tiene el rival, todos a presionar para recuperarla. Nada del otro mundo, y a la vez algo tan difícil de conseguir en este fútbol argentino tan competitivo. De la cuarta fecha en adelante Lanús comienza a superar a todos sus rivales a fuerza de confianza en la tenencia y vocación ofensiva, lanzando a los dos laterales al ataque e imponiendo superioridad en la zona de gestación, mientras Marcone retrocede y se mete entre los dos centrales como último hombre, tratando de plantarse lo más cerca posible de la línea media. Con los aportes destacados de Velázquez y José Luis Gómez, con el toque y la pausa del mejor Román Martínez, con el vértigo del paraguayo Almirón, el Laucha imparable y el Pepe en la definición, Lanús fue superando a todos sus rivales, incluso a Racing, que lo venció aprovechando dos yerros defensivos, y a San Martín de San Juan, con el que empató luego de quedarse con un hombre menos. De local, ganó todo lo que jugó. Con un record de ocho victorias, un empate y un solo revés en diez partidos disputados y con apenas seis por jugar más la final, líder de punta a punta, se trata de una campaña nunca vista para un equipo de los llamados chicos en la historia del profesionalismo.

El Grana se apresta a asumir sus dos próximos compromisos en su mejor momento, primero con Rafaela y luego otra vez con Banfield, ambos en La Fortaleza y a estadio lleno, mientras sus perseguidores deberán sumar de visitantes para no perderle pisada. En el fútbol, dicen, siempre hay sorpresas. Pero por lo visto hasta hoy, son pocos los equipos capaces de oponerle alguna resistencia y parece más que difícil que alguno de ellos pueda arrebatarle el primer puesto de su zona. Su hinchada, acostumbrada a ganar jugando bien al fútbol, no piensa todavía en festejos. Quiere seguir disfrutando de lo que está viendo. Lo quiere ver jugar hasta el final como, según le contaron, jugaban los Globetrotters y Los Albañiles, y como los tres campeones: el equipo de Cuper del 96, el de Ramón Cabrero 2007 y el de Guillermo 2013. Lo quiere ver jugar de galera y bastón como lo marca su historia, y con ese sello, lo quiere ver campeón una vez más.


Marcelo Calvente