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miércoles, 26 de abril de 2017

Fútbol de película

Corría el año 1962 y Alberto J. Armando, siempre un paso delante de los demás dirigentes del fútbol de su tiempo, recibía en su despacho a un tal Aníbal Díaz, un hombre cincuentón, excedido de peso, típico exponente del técnico-delegado-dirigente del fútbol amateur de aquellos tiempos, dedicado a la formación deportiva de niños y adolescentes tanto como a los negocios con afamados futbolistas, que no dudaba en recorrer el país en procura de talentos para incorporar a su equipo y luego transferir al fútbol grande.  A mediados de la década del 40 el “Gordo” Díaz empezó a trascender en el mundo del fútbol amateur del sur del Gran Buenos Aires. En 1948, para competir en el primer Torneo Nacional “Evita”, fundó en Llavallol una entidad que llamó Club Atlético Arsenal, nombre que usaba el equipo desde los comienzos, inspirado en su homónimo del fútbol ingles. Luego de haber recorrido con éxito las ligas amateur más exigentes, el humilde Arsenal de Llavallol fue destacado animador de todas las ediciones disputadas hasta la caída de Perón, y con un joven Vladislao Cap como capitán, obtuvo el título de Campeón Nacional de Fútbol 1950 de dicha competencia.
En los tiempos del desarrollo y la migración interna hacia las grandes ciudades, cientos de miles de niños tuvieron por vez primera una atención médica integral, recibieron vacunas, radiografías y la libreta sanitaria gracias a los Torneos Evita. La iniciativa tuvo como verdadero impulsor al ministro de Salud, Ramón Carrillo, el padre de la salud pública en la Argentina. Si bien es cierto que las competencias tuvieron el marco de la grotesca propaganda política que caracterizó al peronismo en tiempos de Raúl Apold, los Torneos Evita fueron eventos deportivos integradores y muy competitivos, que en fútbol ofrecían como recompensa llegar a la gran final que se disputaba cada año en el estadio de River, partidos muy concurridos y mejor difundidos.
A partir de la consagración en 1950, que fue intensamente reflejada por los diarios, las radios y el noticiero cinematográfico Sucesos Argentinos, la fama de Aníbal Díaz creció aún más. Compuso una versión bien barrial del sueño peronista, pronto recibió el respaldo del gobierno y un terreno en comodato en Llavallol donde construyó su cancha y su campo de entrenamiento. Por entonces eran “los mimados de Cereijo” y solían animar clásicos enfrentamientos con el club Sacachispas, creado por un grupo de muchachos cercanos al afamado periodista uruguayo Ricardo Lorenzo, Borocotó. La historia tiene sus vueltas.
Borocotó era un notable escritor montevideano que trabajaba como periodista estrella en la Revista El Gráfico, y desde su sección de contratapa titulada “Apiladas” le ponía poesía al juego del fútbol.  Cuando en los 40 “La Máquina” de River no tuvo rivales, “Apiladas” empezó a reflejar las peripecias de los clubes chicos o en formación, la pertenencia al barrio, el amor por los colores y el apoyo de los vecinos. Allí, Borocotó volcaba vivencias y circunstancias que conocía debido a la cercanía con unos tales Aldo Vázquez y Roberto González, dos amigos que, como el Gordo Díaz en Llavallol, trataban de armar un equipo de fútbol en el sur porteño para participar en la primera edición de los Torneos Evita. El vuelo y el lirismo de la pluma de Borocotó exaltaban los sueños de grandeza de los pibes del barrio de Villa Soldati. De sus escritos surgió el guión del drama pasional elegido para recrear el mundo del fútbol amateur y su probable ingreso al profesionalismo: “Pelota de trapo”, legendaria y taquillera película estrenada en agosto de 1948, producida y protagonizada por Armando Bo. 
Algunos suelen contarlo al revés: que la exitosa película dirigida por Torres Ríos se inspiró en el club Sacachispas, cuando en realidad por entonces la entidad no existía más que en la ilusión de Vázquez y González y en la pluma de Borcotó. En sus “Apiladas”, y luego en el film, ellos encontraron reflejadas sus propias vivencias y dificultades. Desde la contratapa de El Gráfico, Lorenzo convenció a los jóvenes de entonces que con el General en el poder todo sueño era posible. Como Arsenal de Llavallol, también Sacachispas, fundado el 17 de octubre de 1958, dos meses después del estreno de “Pelota de trapo”, recibió un predio, en este caso de manos del propio presidente, gracias a la visión y oportunismo de sus dirigentes para adoptar el nombre del club donde transcurría la taquillera película. En Villa Soldati construyó su primera cancha y allí se filmó la zaga: titulada “Sacachispas”, la nueva película fue  estrenada en abril de 1950. Pese a que no tuvo la misma repercusión, alimentó la controversia. Junto con Arsenal de Llavallol, ambas entidades animaban los torneos Evita -aunque el Lila nunca lo pudo ganar- y protagonizaban una especie de clásico entre dos clubes que crecieron de manera similar al amparo del gobierno peronista. La  rivalidad se extendió a la cuarta categoría del fútbol de AFA a la que las dos instituciones pronto se incorporaron.
Arsenal, en los tiempos de mayor prestigio de Aníbal Díaz 
En 1952, con la cancha y las instalaciones que disponía, Arsenal de Llavallol se afilió a la “3ª de Ascenso, que más tarde se llamaría Aficionados, y actualmente Primera D. En ese equipo jugaban, Humberto Maschio, Antonio Angellillo,  Eduardo Sivo y el mencionado Cap. El Gordo Díaz, que era un experto en transacciones de futbolistas, empezaba a ganar dinero grande: los cuatro pasarían a Racing en 1954, y se descuenta su participación en la venta de los dos primeros al fútbol italiano en 1957: Maschio al Bologna, Angelillo al Inter. Por su parte, Sacachispas logró su afiliación a la misma categoría dos años después, en 1954, también gracias a la cancha y el respaldo de Perón. En su primera participación se volvió a encontrar con su viejo y conocido adversario de los Torneos Evita. El Lila fue campeón de punta a punta. Por primera vez un recién afiliado a la AFA, como Sacachispas, logró ganar el título y ascender. El incansable Díaz pidió que Arsenal lo acompañe en su ascenso, y la AFA le concedió ese privilegio.
Ambas entidades lograron mantenerse en la “C” durante algunos años. Arsenal volvió a bajar a Aficionados en 1958, Sacachispas se mantuvo hasta 1962. Los problemas de ambas entidades habían empezado con el derrocamiento de Perón en 1955. El club de Llavallol no sólo perdió su protección política; además quedó en la mira de la revolución libertadora. En 1959 el Gordo Díaz fue acusado de falsificar la firma del presidente de la AFA con el fin de evadir impuestos en la venta del jugador Jorge Griffa al Atlético de Madrid, y Arsenal fue desafiliado por tres años. Cuando en 1962 lo fue a ver a Armando a su despacho, el incansable Díaz había sido absuelto de todos los cargos y el club acababa de recuperar su lugar en la categoría menor.  
 Rápido como era, Alberto J. Armando comprendió que en la humilde entidad podía completar la formación de los valores más destacados de la cantera, y cerró el acuerdo con el presidente de Arsenal. Loco de contento, el visionario Aníbal Díaz se fue de la reunión con todo arreglado, con dinero en su bolsillo, con el compromiso de Armando de efectuar una remodelación del pequeño estadio, y con los prestamos de Rojitas y Pianetti, las dos máximas promesas de la tercera de Boca, quienes jugarán el torneo de Aficionados de 1962 para Arsenal, que ya no lucirá el amarillo y marrón a rayas verticales, sus colores originales, y que a partir de ese año paseará orgulloso el azul y oro por las canchas del ascenso, convertido en la primera filial del fútbol argentino y logrando una impensada repercusión. No será por mucho tiempo.  
Entre las particularidades del acuerdo, Adolfo Pedernera fue nombrado Director Deportivo y Boca se reservaba la administración de la filial, que quedó a cargo del vicepresidente de Armando, Miguel Zappino, que además vigilaría bien de cerca a las dos promesas del club, que habían sido enviados como castigo disciplinario. Con Rojitas y Pianetti, el Arsenal más antiguo del fútbol argentino -fundado el 12 de Octubre de 1948, también poco después del estreno de la célebre película- hizo una campaña fuera de lo común, convirtiendo muchos goles aunque recibiendo más de los debidos. Al finalizar el torneo de 1962,  Rojitas y Pianetti volvieron a Boca dejando una estela imborrable de su paso por Llavallol: fueron la gran atracción del torneo de Aficionados de un fútbol argentino que asistía a la primera experiencia de una filial.
El acuerdo entre Armando y Arsenal de Llavallol había nacido para vivir poco: cuando el Puma lo concretó, ya tenía en mente la adquisición de un complejo propio para las divisiones inferiores y concentración del plantel. En 1963, Boca adquirió La Candela, un predio de seis hectáreas ubicado en San Justo. Con esa nueva compra se fue yendo de Arsenal, y el pobre club de Llavallol se quedó sin conducción, ya que Díaz había sido marginado poco antes por Zappino y su gente. Finalmente abandonaron el predio definitivamente, y sin brújula ni respaldo político, con el esfuerzo vano de los pocos socios que quedaban, se encaminó hacia una anunciada desaparición. En 1968 el terreno donde se levantaba su estadio, con una tribuna de cemento, vestuarios, baños y demás comodidades que la mayoría de sus competidores envidiaban, el mismo que le había otorgado el ministro de Perón, fue expropiado por el dictador Juan Carlos Onganía. Arsenal de Llavallol jugó allí el último partido de su breve y agitada existencia el 12 de octubre de 1968 ante Central Córdoba de Rosario, el mismo día de su fundación pero exactamente veinte años después, y eso fue lo poco que duró su corta pero intensa existencia. Su viejo rival, Sacachispas, menos ambicioso, se fue consolidando lentamente como uno de los dos clubes más grandes del barrio de Villa Soldati -su clásico rival es el Deportivo Riestra- alternando entre la cuarta y la tercera división del fútbol de AFA, en la que actualmente milita. En sus instalaciones cuenta con un estadio con capacidad para 5.000 personas, un gran gimnasio cubierto, canchas para otras disciplinas recreativas, dos piletas y una zona arbolada con quinchos y parrillas. De sus fundadores heredaron el tesón pero también la cautela, por eso su crecimiento fue lento pero seguro.
El predio de Llavallol expropiado, pronto fue abandonado, y peor aún, la huella del odio y el abandono con el tiempo lo transformaron en un enorme basural. La de Aníbal Díaz y su Arsenal es una de esas curiosas leyendas futboleras que se pierden en el olvido, aplastadas por el impresionante marco de la gran historia del fútbol argentino. La de un humilde y ambicioso dirigente de un club de barrio que quiso cortar camino a la grandeza y lo pagó con la desaparición. De la suerte de Díaz poco se conoce. Una fuente consultada afirma que el Gordo murió en Florencio Varela en los años setenta en un confuso accidente, atropellado por un automóvil con varios ocupantes que se dio a la fuga.

Marcelo Calvente

lunes, 20 de febrero de 2017

Un barco pirata

Al final parece nomás que vuelve el fútbol. Será a principios de marzo, volverá y nuevamente será codificado, volverá y será Súperliga. Volverá, y seguramente será un torneo apasionante y competitivo, como suele ser. El retorno del fútbol es una decisión de estado, y serán los dirigentes de los clubes quienes tengan esa responsabilidad, influenciados desde arriba por las diferentes corrientes de la política nacional, y desde abajo por la minoría que participa en la vida institucional de cada entidad. Será el próximo 3 de marzo, con el desafío de recuperar el lugar que se merece en el concierto mundial el país donde nacen los mejores exponentes del más bello deporte. No se trata de un imposible, pero sin dudas es un objetivo difícil.

El actual desgobierno es la consecuencia del fin de una etapa controversial de la Asociación del Fútbol Argentino, la entidad madre creada en 1934, el comienzo de una era que en principio sirvió para establecer unívocamente las categorías de los miles de clubes de fútbol que existían por entonces a lo largo y a lo ancho del país, con Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Tucumán como principales epicentros. Desde el nacimiento de la AFA, la conducción rara vez fue ejercida de manera independiente de la política y el poder. La dictadura militar que asoló al país entre 1976 y 1982 dirimió una interna designando a Julio Grondona en 1979 en reemplazo del oligarca Alfredo Cantilo, el hombre que había puesto el criminal Emilio Massera mientras conducía el Ente Autárquico Mundial 78, un organismo oficial que funcionó como una asociación ilícita y que cometió todo tipo de delitos. La AFA siempre estuvo a la sombra del poder de turno, ya sea conservador, radical, peronista o dictatorial. Los dirigentes que intentarán capear la tempestad son navegantes expertos del barco pirata de Julio Grondona. No hay dudas que les va a costar elegir entre ellos a un nuevo capitán.

Grondona llegó en silencio, como uno más, pero tuvo la astucia para sostenerse en medio del sálvese quien pueda del final del gobierno de facto de las tres armas. Con su estilo emparentado con el proceder mafioso, fue el único funcionario ligado a la dictadura que se mantuvo durante décadas, hasta su muerte en el poder ocurrida el 30 de julio de 2014. Su estrategia fue exitosa: durante 35 años de mandato ganó seis elecciones, la mayoría por unanimidad. Su táctica fue sencilla: empobreció a los clubes, enriqueció a la AFA, y desde su conducción férrea repartió a su antojo ayudas económicas y favores deportivos a cambio de votos y respaldo. Pocos se le animaron, y ninguno pudo con él. Todavía retumba en los oídos de un dirigente de Lanús su amenazante consejo de amigo, recibido horas después del último despojo que el club más castigado de la historia del profesionalismo debió padecer en 1984 por medio del silbato ejecutor de Emilio Misic: “Mientras sigan adelante con el juicio, no ascienden en la puta vida”. Su accionar fue deplorable, pero no se puede negar que el resultado más visible de su gestión fue el acortamiento de las enormes diferencias de poderío que existían entre los cinco grandes y el resto de los clubes, y que muerto Grondona, las nuevas autoridades deberán mantener para ofrecer un producto de primer nivel, algo que sólo lograrán si sortean el obstáculo de sus viejas y profundas distancias. Por lo que se ve, no van en buen camino.

“Vos fijate la potencia que te da en términos de visibilidad y de impronta cultural ser presidente de Boca, donde con seis mil votos ganás una elección. Con ese caudal electoral podés ser, con suerte, intendente de Trenque Lauquen, y en cambio acá te transformás en un personaje nacional de lo más influyente” dijo proféticamente el sociólogo Artemio López cuando Mauricio Macri se convirtió en presidente del club de la Ribera en 1996. Su acierto está a la vista: la AFA sigue estando en manos de los clubes y de sus representantes, gente que accede a ese poder muy fácilmente, invirtiendo muy poco dinero y sacrificio, y que juntos componen un iceberg capaz de hundir al transatlántico más pintado. Se trata de personajes de características tan dispares como Daniel Angelici, Marcelo Tinelli, Rodolfo D’Onofrio, Hugo Moyano y Víctor Blanco, poderosos e influyentes mandamases de los clubes grandes, quienes no logran poner orden por falta de consenso, mientras negocian -con el Gobierno por un lado y los oferentes para las transmisiones del fútbol por el otro- sin haber podido aún lograr un acuerdo entre ellos para normalizar la Asociación.

A las negociaciones no falta Nicolás Russo, el presidente de Lanús, el más ferviente defensor de la unidad política que conduce desde hace más de treinta años al club más exitoso del presente. Fueron aquellos socios, quienes pese a las diferencias políticas que siempre signaron al club, en 1979 se unieron para poner manos a la obra, y pese a que varias veces estuvo a punto de naufragar, la unidad se mantuvo a flote contra viento y marea. Russo es también el vocero de una AFA partida en más de dos fracciones. Pese a que su proyecto es en el club y la ciudad de Lanús, su figura asciende vertiginosamente a la esfera nacional por su experiencia y conocimiento de la problemática de las entidades de fútbol y porque es quien menos se identificó con cualquiera de los bandos. Esas fracciones muy pronto van a tener que deshojar la margarita y designar una nueva conducción. Ojalá tengan presente la frase de Silvio: sólo el amor convierte en milagro el barro.
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Marcelo Calvente







martes, 7 de febrero de 2017

La novela del Pepe Sand (película)

La película debe estar por la mitad. Ya pasaron las mejores imágenes de los últimos años de Lanús. La vuelta olímpica en la Bombonera, la figura adorada de Ramón Cabrero, las conquistas del Pepe Sand, campeón y goleador del Apertura 2007. También quedaron atrás sus buenas actuaciones hasta su partida rumbo a los lejanos Emiratos Árabes en agosto de 2009. Ya vimos la gran campaña en el Al-Ain, en 49 partidos convirtió 44 goles, un breve recuerdo del fallido paso de José por La Coruña (5-0) y el Tijuana mexicano (34-12), y su regreso al país en Julio de 2012, para tratar de poner fin a un tramo de carrera muy fructífera en lo económico pero de tendencia descendente en lo deportivo. Y acabamos de ver la parte más dramática. La forma en que el Pepe negoció su retorno al club, para terminar firmando con Racing por un dinero poco mayor a lo ofrecido por Lanús. Vimos todos y cada uno de los fracasos del Pepe: Racing (24-2), Tigre (14-1), Argentinos Juniors (7-0), Belgrano (16-4) y Aldosivi (31-12) con una gran levantada final. Y lloramos con el regreso del Pepe, por fin, a principios de 2016, para ser titular indiscutido de Jorge Almirón. Con 35 años cumplidos lo vimos resucitar como futbolista, volver a ser el mismo que había sido ocho años atrás, volver a ser campeón y goleador del fútbol argentino. Esta parte parece algo exagerada, pero viste cómo son las películas.

Ahora viene lo mejor. Estamos en el Monumental y Lanús termina de aplastar a San Lorenzo. Cuando nadie lo esperaba, mientras comienzan los festejos por la reciente consagración, el Pepe apunta hacia un micrófono y dice que no sabe si va a seguir, porque esto y lo otro, que no puede ser, que conmigo no. Es un momento muy cinematográfico pero algo bizarro. La imagen del rostro contrariado del Pepe en primer plano, con la algarabía de sus compañeros, el cuerpo técnico y unos treinta mil hinchas de Lanús de fondo. Y eso no es nada. Lo mejor fue lo que pasó el día de Lanús-Boca, el 28 de agosto de 2016, por la primera fecha del torneo. Resulta que Jorge Almirón decide darle descanso al Pepe, y se lo comunica un día antes del partido. Y el Pepe va al banco. ¡Y no va que lo pone a los 5 del segundo tiempo y el Pepe la rompe, participa de la jugada del gol y se va aclamado por los hinchas! Explotaba esa noche La Fortaleza. Ahí pensás que termina, pero no, es una de esas películas que te hacen creer que terminan y que vos decís“¡¿Cómo va a terminar así?!” y cuando te parece que vienen los títulos, ¡zas!, la famosa vuelta de tuerca.

Ese misma noche, a minutos de terminado el partido, el Pepe habla con la prensa y dice que no puede ser, que qué se yo, que yo hago goles y todo eso. El tipo demuestra que ante los micrófonos es tan certero como frente el arco rival. Y ahí aparece Jorge Almirón –qué bien que trabaja este actor mexicano que hace de Almirón, ni se le nota la tonada- mirando amenazador al reportero que acaba de preguntarle qué opina de lo que dijo el Pepe Sand, dice: “Yo creo que esas cosas hay que hablarlas en el vestuario”. Habla en voz baja, mordiendo las palabras. Parece que en cualquier momento empiezan a los tiros, pero no. El Pepe vuelve a jugar, Almirón lo saca promediando la segunda parte, hay una música medio de suspenso, la cámara sigue las miradas de uno y otro mientras se produce el cambio, y el Pepe, como siempre, se va ovacionado aunque no haya agarrado una, y con cara de culo.

Algo le dice el Pepe al Laucha Acosta
Acá el director apela a un recurso fílmico bastante discutible para indicar que el plantel se fue de vacaciones: se ve a los jugadores abriendo regalos junto al arbolito de Navidad, tirando rompeportones la noche del 31. Se ve al Laucha Acosta huyendo de una horda de jovencitas, a Braghieri nadando mariposa, y se ve el momento en que Monetti se rompe los ligamentos jugando al fútbol tenis con el hermano, esa parte es muy fuerte. Se ve la pretemporada en el mar, la vuelta al trabajo en La Fortaleza y los amistosos en Chile. Las imágenes son vertiginosas. De pronto, la cámara muestra un vestuario desordenado y silencioso, toallas en el piso, se escucha caer alguna gota, el vapor destella en el haz de luz que llega de una ventana. Avanza en un lento travelling por la zona de vestuarios, donde no hay un alma, y se dirige a un gimnasio contiguo. Un hombre maduro hace abdominales. Luce concentrado, sereno. Es Maximiliano Velázquez, el legendario capitán de Lanús, una especie de superhéroe que lucha contra el paso del tiempo. Entrena a un ritmo impensado para un hombre de su edad. Su gesto adusto sugiere contrariedad. A lo lejos se ve venir al Pepe Sand vestido de calle, con un terno beige y zapatos al tono. Se quita respetuosamente el sombrero de paja y se para junto a Maxi. Espera pacientemente que el zurdo capitán concluya la última serie de 50 abdominales. El Pepe, de verlo, se cansa y sufre un ahogo, aprovecha para cambiar el aire y le lanza la pregunta crucial. Sube la música de suspenso.

El Pepe habla. Pero como es su costumbre, habla bajo y no se escucha lo que dice. Entonces responde Maxi, casi a los gritos: “¿Me venís a preguntar porqué estoy caliente? ¿No sabés porque estoy caliente? Cada vez que estamos en momentos claves aparecés vos y armás quilombo. ¿Y me venís a preguntar porqué estoy caliente?” Maxi habla un rato largo, el Pepe asiente con la cabeza, la imagen se diluye y aparece el estadio de La Plata repleto. Más de treinta mil hinchas de Lanús, casi el doble de River, asisten al partido final. Se está jugando la Supercopa Argentina y Lanús esta a punto de ganar holgadamente. Hay emoción en los futbolistas, hay delirio en las tribunas granates. El Pepe la está rompiendo, metió como nunca, no perdió una, corrió como si fuera un pibe, dio un pase gol y ejecutó el penal que puso el 3 a 0. Una vez más, el Grana se consagra campeón y el Pepe, que días antes, fiel a su costumbre, había declarado que no sé, que qué se yo, que nadie me quiere, y que me voy a ir del club, se apresta a celebrarlo. Suena el silbato de Delfino, Lanús empieza a festejar y una de las cámaras lo sigue al Pepe, que fue la figura de la cancha, y que lo busca a Lautaro Acosta, que viene a ser el muchachito de la película. El nueve está emocionado, con lágrimas en los ojos, abraza al Laucha y le habla al oído, pero con el duelo de hinchadas de fondo tampoco se escucha. Y ahí termina. Final abierto. Si te gustó, jodete. Esperá la próxima película de la saga.

El director es muy turro. Seguro que ya está armando la parte dos. Te deja tan enganchado que te morís por saber qué fue lo que le dijo el Pepe al Laucha. Te hace volver a ver la escena final una y otra vez para tratar de leer los labios del goleador. Todo el mundo hace lo mismo, y cosa de locos, cada uno lee una frase distinta. A mi me parece que dijo “¡Te prometo que no lo hago más!” pero andá a saber. Habrá nomás que esperar que estrenen la segunda parte.  

Marcelo Calvente